Ambos fusionaron de una manera tan especial sus respectivas carreras que la crítica partidaria de la teoría del cine de autor, siempre a la busca de una autoría única, se ha visto ante un peculiar enigma.
En 1943, tras rodar cuatro películas juntos como director y guionista, a la manera tradicional, fundaron una productora que haría historia: The Archers (Los arqueros).
Un sello cuya novedad más inmediata fue la que adoptaron en los créditos: "Escrita, producida y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger", asociación que se prolongaría durante 15 películas a lo largo de 14 años.
El logotipo que lo idntificaba era un blanco en cuya diana se clava una flecha.
Evocaba la lejana época de los aguerridos arqueros ingleses. Y también, probablemente, la imagen más cercana del emblema de las Reales Fuerzas Aéreas (RAF). Los colores rojo, blanco y azul que mostraba el redondel de tiro eran los mismos que utilizaban en sus insignias los aviones.
Según Powell, la peculiar manera de adjudicarse idénticas responsabilidades irritó siempre a los críticos e historiadores de cine británicos. No lo aceptaban. Sin embargo, consideraba que la decisión era correcta, pues el trabajo realmente se lo dividían en cada una de las esferas.
Por ejemplo, el guión. Pressburger escribía 10 páginas de sinopsis y se las enviaba. Y él, a su vez, redactaba 20 páginas de comentarios sobre esos 10 folios y se las remitía. Y así sucesivamente. Sin olvidar que ambos pertenecían a un mismo club londinense, y allí continuaban día a día las deliberaciones.
Al final, Pressburger redactaba el guión. Y a Powell sólo le quedaba la tarea de darle unos retoques, el british touch, pues su compañero era un emigrado húngaro llegado a Inglaterra en 1935.
Desde sus inicios, The Archers se distinguió por un nuevo modo de ver las cosas. El primer título fue Vida y muerte del coronel Blimp, relato de las vidas entrelazadas de un brillante joven oficial británico y su oponente alemán, desde su encuentro inicial, enfrentados en un duelo en Berlín, en 1902.
La evidente simpatía con la que son presentados tanto al súbdito de Su Majestad como el alemán "bueno" atrajo de inmediato la ira de algunos. Entre ellos, el propio primer ministro Winston Churchill quien, tras fracasar en su intento por detener el rodaje de la película, se opuso a su exportación.
El resultado fue que una versión severamente mutilada pronto se convirtió en la única existente. Y con el correr de los años pasará a ser, primero, una obra maldita, y después, un clásico. Y todo porque la película transgredía un principio aún más importante que el de la implacable hostilidad hacia el enemigo: el del realismo.
Hay que tener en cuenta que la ausencia definitiva, la pérdida irreparable y la posible derrota eran sus emociones dominantes. Y estaban presentes en una visión evocadora de la amistad que trasciende los nacionalismos y del amor que sobrevive a la muerte.
De la misma manera, sus siguientes filmes llegaron a parecer únicos en el contexto del cine británico de la época. Y aparecieron películas como Las zapatillas rojas, Narciso negro y Los cuentos de Hoffman, sólo por mencionar los más renombrados.
La primera, la historia de una joven bailarina que se debate entre dos hombres. Un cuento de hadas que se hace realidad y destruye a los personajes. La danza y la música se insertan con fluidez en una suntuosa concentración de elementos artísticos. Un éxito mundial.
La segunda, el relato de las vicisitudes de un puñado de monjas occidentales establecidas en pleno Himalaya en un antiguo templo pagano desde donde deberán difundir la doctrina católica. Una inolvidable lección de gusto estético y de excelencia formal.
Y la otra, una singular realización operística. Todo un caleidoscopio de referencias no sólo al romanticismo alemán, sino también al cine, la pintura y al teatro.
Powell y Pressburger llevaron a cabo un verdadero prodigio. Cineastas independientes, se las arreglaron para trabajar dentro del sistema y hasta rodar filmes verdaderamente experimentales.
The Archers apuntaron sus flechas a las pantallas del mundo y con ello ayudaron a revivir el sueño de un cine total que trascendiera las artes tradicionales. Sin embargo, en su propio país, estos visionarios recibieron contados honores y todavía hoy esperan ser redescubiertos.