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  Actualizado domingo 14 de marzo de 2010, 09:52:45 AM (EDT), Santo Domingo, República Dominicana

SIN MUCHA BULLA

La suma de los olvidos


Por Mario Díaz
El autor es periodista



La verdadera riqueza de un país es su gente. El pueblo es el principal activo de una nación y es tanto así que se le exprime como a la caña hasta convertirlo en bagazo.
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Ningún país es absolutamente pobre, pues siempre puede contar (y cuenta) con sus recursos más preciados: sus habitantes; y contando con éstos sus autoridades comprometen el presente y el futuro, una generación tras otra, dejando por herencia un fardo de desesperanza y revitalizando el encadenamiento económico y la dependencia moral y espiritual.

No por casualidad los pueblos del llamado Tercer Mundo (un eufemismo para engalanar la miseria) nunca salimos de nuestro ancestral atraso casi en todas las áreas del quehacer cotidiano.

No por casualidad a los pueblos “tercermundistas” se nos mantiene con la mente embotada ante el encantamiento de eternas promesas de un mejor porvenir, las cuales se reciclan de modo tan pasmoso como se hacen rancias las ideas de progreso sobre falsas bases de austeridad, honestidad, transparencia y solidaridad.

Todo el que aspira, suspira por llegar al poder para “sacrificarse” por el país.

Todo el que aspira tiene la “solución” debajo de la manga para los males que aquejan a la población, pero su “buena fe” no le permite cederla al gobierno de turno porque ese tipo de “sacrificio” no es lo que procura.

Todo el que aspira, critica, torna y vira cuantas medidas aplica el régimen del momento hasta que el pobre pueblo muda su esperanza (burlada una y otra vez) a la parcela del aspirante, olvidando que desde ese litoral también lo engañaron.

Y así es el jueguito de la “democracia” que nos gastamos por estos predios.

Mientras, hay que darle pan y circo a la gente, hacerle creer para que siga creyendo, pero, sobre todo, echarle la culpa de todos los problemas al antecesor.

Como el pasado se olvida pronto, las iniquidades causadas ahora mismo mañana recibirán indulgencia, la segura sepultura que factura la mala memoria de los ciudadanos del subdesarrollo cultural, sobre quienes pesa la peor esclavitud mental: confiar en sus propios verdugos.

La suma de todos los olvidos de nuestro sufrido, ingenuo, sacrificado y vilipendiado pueblo, radica en endosarle a sus propios verdugos no sólo el fruto del sudor de los desposeídos, sino además su esperanza y hasta su fe, agenciándole incluso logros que usurpa con descarada indolencia.

Las burlas se encadenan como las penas y sufrimientos de quienes no tocan ni un pedacito del apetecido pastel que con tanta saña se reparten los depredadores del erario. Casi siempre ha sido así, pero el casi es casi una utopía, porque casi hemos vivido en paz, casi hemos sido felices, casi hemos sido independientes, casi hemos sido... Pero la realidad, la única verdad, la que está a la vista de todos: casi hemos, pero no.

Ahora la disputa es por atrapar una porción del próximo período congresual y municipal. Seis años motivadores de angurria sin disimulo, de indiscretas jornadas de “voy tras lo mío” (que en definitiva es tras lo nuestro), de aparición de asombrosas aspiraciones, que se ubican en los extremos de la desfachatez y el camuflaje. Seis años de mirar con pena cómo se desbordan las burlas y los lamentos de que nuestra TV cotidiana no ha sabido aprovechar esta cantera de comediantes.

Ya no se amparan en sus líderes históricos, porque hacerlo implica seguir sus lineamientos y, en el caso específico del profesor Juan Bosch, su acrisolada honestidad y su indoblegable respeto por las libertades ciudadanas jamás lo hubieran colocado al servicio del mamotreto que llaman “reforma constitucional” y mucho menos maquillando actos de corrupción que han masacrado el propósito de su obra política. Podríamos parafrasear: perdónelos, don Juan, aunque sí saben lo que hacen.

Una cuenta más que ojalá no se sume a la cadena de olvidos.



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