Era mi hermano menor, Aquiles, quien me preguntó si tenía yo algo pendiente para esa noche, a lo que respondí negativamente, y a seguidas me dijo que me preparara para ir juntos a ver a dos de los salseros que nos enseñaron a ser “fiebruses” del candente ritmo.
El concierto, denominado “Dos Salseros de Verdad”, fue producido por las empresas Buena Vista Entertaiment y Corporación EM, siendo los jóvenes empresarios dominicanos Carlos Sánchez y Rafael Torres, responsables de la producción general.
Aceptada la grata invitación, había que coordinar la vestimenta. Aquiles, que siempre me ha llevado la milla en asuntos de buen vestir y que, para mayor ventaja, aprendió el oficio de la sastrería desde la niñez, me asesoró con una frase contundentísima: “Tenemos que ir trajeados, porque son nuestros contemporáneos que estarán ahí”. La cosa sonó a “desempolva saco y corbata”. Unas cuatro horas después llegó a recogerme en su carro.
Eran las 8:30 de la noche cuando llegamos al salón La Fiesta, del Hotel Jaragua, aforo que lucía casi desierto, pero ambos (Aquiles y yo) mantuvimos la confianza de que “nuestros contemporáneos” colmarían las mesas dispuestas para la ocasión. Así fue, y una media hora después ya estaba repleto, de un público decidido a disfrutar cada detalle del concierto, mezclado de salsa y bolero, que dos grandes intérpretes de Puerto Rico se aprestaban a protagonizar.
Al compás de “Anabacoa”, irrumpió al escenario la orquesta casi netamente dominicana, dirigida por el maestro Rafael Labasta, trompetista petromacorisano con una larga trayectoria musical. La maravillosa orquesta la conformaban, entre otros, el trombonista Roberto Olea, el bajista Pengbian Sang, el pianista Leo Pimentel (quien se lució en varios solos), el timbalero conocido como “El Novato” y el trompetista costarricense Ernesto Núñez, que también demostró el gran dominio de su instrumento como solista en varias canciones. El coro lo integraban Vicente Pacheco, Johnny Kenton y un ex cantante de la Sonora Sonera, del maestro Ismenio Chávez.
Allì pudimos reconocer y saludar, en algunos casos, a Eugenio Pérez, Chino Méndez, Severo Rivera, Américo Celado, Milagros Holguín, Pedro Ángel Martínez, Luís Acosta Moreta “El Gallo”, el consultor jurídico del Poder Ejecutivo, el doctor César Pina Toribio, quien, según me comentó mi hermano Aquiles, es un salsero de primera fila (y así lo demostró bailando con admirable habilidad).
Eran casi las 10:30 de la noche, cuando subió a tarima Ismael Miranda, y con él entonces se sumó a la orquesta el maestro Louis Cruz, director musical de ambos salseros, ejecutando el tres con mucha destreza en “Señor Sereno”, la primera canción que nos regaló “El niño bonito de la Fania”, como lo bautizara nuestro respetado músico, productor, compositor y arreglista Johnny Pacheco. Ismael sugirió al público que bailara, que la pista era para eso, y reforzó su petición interpretando “Borinquen tiene montuno”.
Agradeció el apoyo de los dominicanos a su trayectoria musical, que viene desde la orquesta de Larry Harlow, y entonces cantó un tema que los dominicanos convertimos en otro éxito de la rutilante carrera del sonero puertorriqueño: “Careta”. De la mancuerna que conformó con “El Malo”, Willie Colón, escogió “No me digan que es muy tarde” y de su Orquesta Revelación, “Así se compone un son”. Descorchó dos boleros que su voz nos dejó en el alma: “La Cama Vacía” y “Las Cuarenta”.
La voz de Ismael estaba tan clara y potente que parecía incluso abusar de sus facultades, cantando a capella el bolero “Me voy ahora”, provocando notas agudas donde dominan originalmente las graves. Acto seguido disparó “Todo de mí”, mejor conocido por “Qué quieres tú de mí”.
Cantando y bailando, Ismael Miranda, con 59 años a cuestas (nació el 20 de febrero, 1950), lucía tan eufórico como la fanaticada que lo abordaba para fotografiarse con él o conseguir su autógrafo.
En las postrimerías de su actuación, una representación de la Asociación de Músicos, Cantantes, Bailarines y Locutores (AMUCABA) subió a tarima para entregarle una medalla en reconocimiento a sus méritos musicales. El aguadillano terminó su aplaudida participación con sus emblemáticos “Cipriano Armenteros” y “María Luisa”.
Muchos no saben que Ismael, antes del boom con Larry Harlow, cantó con el Pipo y su Combo y el grupo de Andy Harlow (hermano de Larry), donde cantaba y tocaba congas, que su primera grabación fue “Let’s Ball”, en 1967, y su primer èxito radial fue “Rumbón melón”, ambos logros con Joey Pastrana.
Mi hermano y yo hicimos una leve ronda para saludar a varios conocidos, cuando de súbito llegó el merengue, con Vicente Pacheco, quien arrinconó su condición de corista, retomó la de solista estelar e interpretó un potpurrí con “Las Avispas”, “Así, Así”, “El Jarro Pichao” y otros más, recordando sus tiempos de gloria en la orquesta de Wilfrido Vargas.
Alrededor de las 12:30 a.m., Cheo Feliciano se adueñó del soberano con uno de sus boleros más conocidos: “Juguete”, del siempre recordado bardo Bobby Capó (1 de enero, 1922-18 de diciembre, 1989).
A sus 74 años (nació el 3 de julio, 1935) su voz ya no es la misma, pero el ponceño todavía mantiene buen nivel de calidad y Cheo, igual que hizo Ismael, llamó al público a bailar, echando candela en la pista con “A las Seis”, uno de sus grandes éxitos de su etapa en el Sexteto de Joe Cuba (22 de abril, 1931-15 de febrero, 2009).
Durante las actuaciones de ambos artistas, dos de los pilares de la Fania All Stars, los flashes de cámaras digitales y celulares no cesaron. El público pasó toda la velada tomándoles fotos y fotografiándose con ellos, que desbordaban los límites de la amabilidad y la sencillez. Como dato curioso hubo algunos que llevaron hasta CDs y LPs, que los salseros firmaron de muy buena gana.
El momento cumbre de la presentación de Cheo fue cuando invitó a la joven Karen Hernández a sentarse a su lado, en una banqueta, para dedicarle “Amada mía”, de su paisano José Nogueras, otro de sus boleros inmortales. Durante el interludio de la canción como salido de la nada llegó el novio de la chica, al parecer uno de los empresarios responsables del concierto, y allí mismo, delante de todos, sacó un anillo de compromiso y le pidió matrimonio a la emocionada Karen. El aplauso y las muestras de aprobación fueron de antología.
Cabe recordar que en sus inicios Cheo estuvo como conguero y corista en la orquesta de Tito Rodríguez (4 de enero, 1923-28 de febrero, 1973), al igual que con Kako y su Trabuco, pero Tito le sugirió que lo suyo era cantar y entonces audicionó y obtuvo la plaza (y su despegue hacia la popularidad) con Joe Cuba y su Sexteto.
El público se mantenía siempre atento a todo cuanto decía y hacía Cheo en tarima (lo mismo que con Ismael), y entonces “el niño mimado de Puerto Rico”, como muchos le dicen, entregó “Ritmo Alegre” y puso a todos a vibrar con “Canta”, composición del “Jíbaro Insigne”, Rafael Hernández. Desgarró las venas del soberano con “Delirio”, del cubano César Portillo de la Luz, y retornó a la salsa con “Los Entierros”, del gran Tite Curet, el compositor más íntimamente ligado a la trayectoria de Cheo.
Con su estilo inigualable interpretó “Contigo aprendí”, del sempiterno Armando Manzanero, “Inolvidable”, del cubano Julio Gutiérrez, la versión salsera que grabó con el maestro Eddie Palmieri del tanto “El día que me quieras”, Carlos Gardel y Alfredo Lepera… Ahhh, y también hubo cupo para dos composiciones del propio cantante: “Si por mi llueve” y “El ratón”.
Cheo salió airoso, pero la verdad que muchos extrañamos “Pa’ que afinquen”, “Mi triste problema”, “Salí porque Salí”, “Salomé”, “Juan Albañil”, “Castillos de Arena” y, por qué no, ya con la temporada navideña tan cercana, “Mapeyé” (que surgió del inolvidable Tite Curet “para los que buscan música con expresión”). Lo mismo, aunque menos notorio, pasó con Ismael, que nos dejó esperando los bombazos “Las Esquinas Son”, “La cosa no es como antes”, “Incompleto amor”, “Cuidate bien”, “Ahora sí”, “Nicolás” o “Como mi pueblo”, aunque, siendo justos, pretender que ambos interpretaran todos sus éxitos sería ya demasiado pretencioso.
Cuando “Anacaona” presagiaba el final del concierto, vino a sumarse Ismael Miranda, para cerrar con broche de oro esta magnífica noche, al filo de las 2:18 de la madrugada. Ahora se hospeda en mi pensamiento el título de un hermoso bolero que interpreta Papo Román: ¡Que se repita esa noche!