OPIINION
La política anticorrupción del gobierno
Por David La Hoz El autor es abogado
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Afirmar que el gobierno del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) sea corrupto es un contrasentido, dada la tradición y principios de ese partido y de sus integrantes, pero indicar que la manera vertical como operan las cadenas de mando de ese mismo gobierno junto a un exacerbado personalismo del Jefe del Poder Ejecutivo, es decir una gran verdad.
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Desde su primer gobierno, Leonel Fernández trazó las pautas de lo que -a su juicio-, debía ser el modus operandi de las cadenas de mando de su gobierno. Pronto se hizo visible que el modelo favorito del Presidente favorecía la inercia y el verticalismo en el mando. Pues los inputs o demandas debían fluir de abajo hacia arriba sin que nadie en los planos medios pudiese tomar una decisión sobre dichas demandas sin antes haber sido autorizado desde arriba. El resultado fue un gobierno que hacía cosas, pero que no “las cacareaba” porque sus ejecutores no podían hablar, debía hacerlo su superior. Resultó que los Directores Nacionales y Secretarios de Estado tampoco hablaban porque debía hacerlo el Jefe del Estado y del Gobierno.
Esa forma de transmitir autoridad y directrices pronto hizo inoperante al gobierno porque el Presidente debía ser consultado hasta para “ensartar una aguja”, previo a cualquier tipo de acción pública o toma de decisión. Es un modelo que pretendía imitar -en parte-, el método balaguerista, al tiempo de que se alejaba del modelo perredeísta en el cual prácticamente no existe cadena de mando pues cada cual y cada quien hace lo que le viene en ganas y el resultado es un gran desorden en la Administración pública.
De manera que la Administración Pública Dominicana ha pasado del desorden perredeista al verticalismo leonelista. No ha quedado espacio ni para las excepciones ni para los matices. Me explico los funcionarios se han limitado a hacer lo que les ordena el Presidente y hacen bien; han dejado de ser creativo y hacen mejor, pues lo que se castiga es la acción, la inacción en el modelo de Leonel no está sancionada sino premiada. Por eso, no pocos, se han limitado a disfrutar de las ventajas del cargo –pues esto no está sancionado-, y a hacer lo que diga el Presidente. De modo que así se ha pasado a observar a funcionarios sumamente exitosos por su larga data en el puesto, pero cuando usted va al servicio prestado a la nación su hoja está en blanco, es gente que sabe callar, que sabe ser indiferente, que sabe ser irresponsable, pues eso deja dividendos frente al líder; y a funcionarios fracasados, dependiendo de si cogen las señas o no, si se prestan a hacer de payasos, si intentan hacer algo o quejarse son despedidos.
Cuando el Presidente no ha encontrado funcionarios suficientes con ese perfil en su entorno ha recurrido a la cooptación de gente con experiencia en esas lides tanto del perredeismo como del reformismo. Así, el transfuguismo es también altamente valorado y premiado.
El problema ha surgido entonces cuando la ciudadanía se pregunta si el deber de un funcionario es servir al Presidente y servirse del cargo, o si por el contrario, Presidente y funcionarios están por igual para servir al pueblo, como dice el lema del PLD.
Esto genera la primera contradicción que provoca que el gobierno sea percibido como corrupto, lo cual es una forma de corrupción de las funciones de un servidor público en una incorrecta cadena de mandos sin que dicha corrupción equivalga al robo de dinero público. Ocasiona también, un sentimiento de lejanía entre el funcionario, su partido y el pueblo pero una gran cercanía con el Jefe, lo cual se traduce en un descontento, pues los inputs o demandas no son satisfechas sino hasta llegar a la oficina del Presidente. De donde resulta que problemas menudos se convierten en asunto de Estado, es decir, existe una inflación de inputs o demandas por acumulación de asuntos, incluso en los cargos electivos porque el Presidente de la República es por añadidura Presidente del partido. De manera que la maquinaria partidaria también pasa, al igual que el Estado mismo, a ser ineficaz en todos sus estamentos por culpa del modelo vertical de mando escogido.
El segundo problema, nace del hecho de que si bien podría admitirse que existen puesto s discrecionales del Presidente en la Administración pública, no todos tienen ese matiz, pues existen otros cargos en los cuales sus representantes deben limitarse a cumplir estrictamente con la letra de la ley, por ejemplo, es el caso del Ministerio Público, el Departamento de Prevención de la Corrupción, órganos descentralizados, legisladores, síndicos, regidores, etc. Estos últimos tienen el dilema de si obedecer a la ley o al Presidente, como se dice que el país es presidencialista, se asumen que deben inclinarse reverentes ante las directrices del Presidente aunque en ocasiones la posición del Presidente difiera de la de la ley, o del manual del puesto.
Esta segunda forma de corrupción de las cadenas de mandos se traduce, al igual que la primera, en un choque con los inputs o demandas sociales, pues la opinión pública llana no tiene la misma valoración del asunto, la comprometida la justifica a conciencia de que eso es improcedente, y los críticos independientes, como los comprometidos, coinciden en afirmar que las cadenas de mandos del gobierno van por mal camino, lo cual genera una percepción que es denominada o bien calificada de corrupta.
Y, en efecto, existe una corrupción en cuanto a la manera de actuar fundada en el hecho de que en la época en que vivimos ningún mando vertical e impersonal puede ser efectivo. La sociedad de la información en que discurrimos implica soluciones inmediatas y eso solo puede ser logrado con base a un liderazgo horizontal que descanse en la letra de la ley o en el manual de funciones de cada uno y cada cual. Claro, las directrices o coordenadas han de venir del mando superior, pero no en todos los casos. Por ejemplo, un legislador no puede esperar la decisión del Presidente sobre el problema que aqueja a la comunidad que representa, pues se habrá viciado el principal principio de la democracia, pues la propia sociedad de la información está empujando a los legisladores a la democracia directa; Una oficina anticorrupción que actúe de manera directa puede impedir que un problema pequeño se haga grande e inmanejable si conforme a la ley procura su corrección en fase temprana pero si espera a la orden vertical cuando ésta regrese será tarde porque ya el problema se habrá hecho muy grande, es decir, habrá hecho metástasis. El ejemplo aplica para síndicos y secretarios de estados, piénsese en temas de salud o de obras públicas, educación, etc. No puede estar detenido el país hasta que le sobre tiempo a un hombre.
El tercer problema viene dado por la calidad variopinta de funcionarios: unos son aliados, otros son jerarcas del partido, otros son técnicos secos, otros son amigos del Presidente, otros no tienen funciones pero cobran más e influyen más que los que trabajan. Esta situación crea un malestar que hace inoperante a algunas instituciones.
Me explico: los aliados entienden que están ahí no por la filosofía del principal partido de gobierno sino por los votos que le sumaron y que deben ser compensado por canonjías que entienden son insuficientes en el puesto que se les ha dado; los jerarcas del partido entienden que tienen méritos sobrados para limitarse a disfrutar de las prerrogativas del cargo porque el Presidente no osará tocarlos ni con el pétalo de una rosa porque de lo contrario no podrá contar con su respaldo en las votaciones del partido; los técnicos son los burros de carga, opinan pero su opiniones son variadas, modificadas, engavetadas, etc., y luego tienen que ver cómo el incúmbete aparece como autor intelectual de la misma, luego de haberle variado varias comas y varios puntos e introducidos algunas faltas ortográficas.
Los amigos del Presidente no tienen que cumplir con la ley ni con las funciones del puesto porque sus asuntos los tratan personalmente con el Presidente, quien no lo crea así sabe que quedará cancelado sin saber por qué. Por último, están los tránsfugas que cobran sin trabajar porque hicieron “un trabajo” en la campaña y le premiaron con un buen puesto para el que resultan incompetentes, por lo que no conviene que aparezcan por ahí a no ser para dejarse ver de vez en cuando y para cobrar. Estos personajes crean un tremendo malestar pues los técnicos de carrera, y todos los demás tipos de funcionarios desearían estar como los tránsfugas, o bien, no se sienten en ánimo de trabajar sabiendo que los tránsfugas tampoco necesitan trabajar y cobran -en no pocos casos-, mejor que ellos. De ahí, que se den luchas sin cuartel por llegar a la máxima aspiración en una cadena de mando corrompida: trabajar sin cobrar.
De ahí la dimensión que han adquirido los denominados “asesores”, “contratados,” etc. Todos luchan en el tren gubernamental por llegar a esta categoría, lo cual se traduce en la ineficiencia total de la gestión de gobierno hoy llamada corrupción administrativa.
Si observamos bien este problema en el estilo de mando, podremos observar que nada se está haciendo para corregir el mal, meter preso a un par de conejillos de indias no va a resolver el problema, tampoco el cambio del gobierno, son problemas tradicionales que nadie ha tenido suerte combatiéndolo.
De su combate nació el mote de “comosolos”, los peledeistas aprendieron aun a expensas de su formación. Hoy cuando el asunto ha llegado al peor de sus extremos, no queda más que volver al Puerto de origen puesto el ejemplo a seguir para vencer a la corrupción no es la práctica de gobierno de Balaguer sino la de Juan Bosch. Quienes piensen que el país no está todavía maduro dizque para asumir esa praxis de gobierno, que lo digan y no hagan tanto ruido. Es dejando atrás el modelo clientelar de Balaguer y asumiendo con gallardía el ejemplo de la praxis política de Juan Bosch como podremos avanzar. Es falso el argumento de que el único referente de gestión estatal del país es el de Balaguer, Bosch dejó una mancha indeleble como bien lo ha mostrado René Fortunato en su recreación cinematográfica de la gestión de Bosch. DLH-26-7-2009.
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