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  Actualizado domingo 21 de marzo de 2010, 11:37:19 PM (EDT), Santo Domingo, República Dominicana

OPINION

El “Sanantonio” patriótico de Matías Ramón Mella


Por Luis R. Decamps R. (*)
El autor es abogado y profesor universitario


Eran aproximadamente las 10 de la noche del martes 27 de febrero de 1844, y desde diferentes puntos de la ciudad de Santo Domingo (antiquísima urbe colonial enclavada en el sureste de la isla del mismo nombre) empezaban a llegar a la Puerta de la Misericordia los patriotas que habían sido previa y selectivamente convocados a una trascendental cita con la historia.
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Luis R. Decamps R.
Luis R. Decamps R. ( Fuente Externa )

 
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La referida puerta era una de las más emblemáticas entradas de la vieja ciudad amurallada, y había sido el sitio escogido como punto de reunión por los jefes del movimiento clandestino que propugnaba la separación de la parte Este de la isla (habitada sobre todo por personas históricamente vinculadas a las cultura hispana, africana y aborigen) de la parte Oeste (oficialmente llamada República de Haití y cuyos habitantes eran básicamente de cultura francesa, africana y aborigen).

Conforme al plan original, en el punto de reunión se haría un disparo como señal de inicio, y los complotados avanzarían hacia la Puerta del Conde (distante varios cientos de metros) donde, con el apoyo del capitán Martín Girón y sus hombres, luego de una breve proclamación, se izaría la bandera de la nueva República Dominicana, tras lo cual marcharían a varios lugares estratégicos para tomarlos y, finalmente, desembocarían en la gobernación para forzar la capitulación del incumbente haitiano. En el ínterin se formaría un gobierno provisional que, luego, sería secundado por los pronunciamientos sucesivos de varias guarniciones del interior previamente contactadas y ganadas para tales fines.

La acción emancipadora de esa noche memorable era la culminación de un movimiento conspirativo que había sido desarrollado desde julio de 1838 por La Trinitaria, una sociedad secreta fundada por Juan Pablo Duarte y Díez (joven nacionalista de ascendencia española que había cursado estudios en Europa) junto a un puñado de seguidores casi imberbes, y cuyo propósito se cifraba en revertir la anexión de la porción oriental de la isla (materializada por el gobierno haitiano en febrero de 1822) y fundar en ella un Estado independiente que se llamaría República Dominicana.

La Trinitaria, estructuralmente concebida de manera parecida a la llamada “Conspiración de los rayos y soles de Bolívar” (Cuba, 1823), en varios años se organizó prácticamente en todas las regiones de la parte Este, si bien muchas de sus actividades, para evadir la vigilancia de las autoridades de ocupación, en ocasiones fueron disfrazadas con presentaciones culturales realizadas por las sociedades públicas La Filantrópica y La Dramática.

El movimiento conspirativo, pues, no sólo involucró la realización de contactos y labores de reclutamiento de carácter político o militar (inclusive, varios de sus integrantes ingresaron al ejército haitiano o se vincularon a grupos opositores al gobierno de Puerto Príncipe a la sazón encabezado por el general Jean Pierre Boyer) sino que, al mismo tiempo, entrañó la difusión de propaganda y la presentación de obras teatrales que despertaran el espíritu patriótico de los habitantes de la parte Este.

Cuando estalló en Haití el movimiento de Praslin del 27 de enero de 1843 bajo la rectoría del general Charles Herard (que obligaría al presidente Boyer a capitular el 21 de marzo), los promotores de la emancipación de la parte oriental de la isla no tardaron en darle su apoyo, en el entendido de que, gracias a las firmes relaciones de colaboración establecidas con sus líderes, el nuevo gobierno haitiano propendería a un cambio de conducta frente al status de ominoso vasallaje al que había sido aherrojado su tierra.

Sin embargo, el general Herard, proclamado nuevo presidente de la República de Haití, no varió la política de su antecesor con respecto a sus vecinos, y por el contrario, ante las denuncias de inteligencia sobre los aprestos autonomistas de estos últimos, ordenó y encabezó (fines de marzo de 1843) una masiva incursión militar, y al entrar a territorio oriental desencadenó una feroz persecución contra los cabecillas separatistas.

El nuevo gobierno haitiano redujo a prisión a importantes líderes del movimiento conspirativo del Este, mientras que otros tuvieron que esconderse o (como fue el caso de Duarte, jefe de su sector más activo y radical) se vieron en la imperiosa necesidad de escapar de la isla y tomar el camino del ostracismo. Así, pues, la presencia de Herard, al mando del poderoso ejército haitiano, en principio prácticamente desmovilizó a los separatistas y la autoridad del gobierno de Puerto Príncipe quedó indubitablemente reafirmada. Ello no obstó, empero, para que más adelante, con base en un trabajo silencioso pero efectivo, los promotores de la emancipación se reorganizaran.

El movimiento, en efecto, pronto cobró nuevos bríos, y desde la clandestinidad sus dirigentes internos varias veces pusieron fecha para el acto de proclamación de la ruptura con Haití, pero diversas causas impidieron su consumación. El ánimo general de la parte Este en los primeros meses de 1844 estaría patente en la famosa proclama del 26 de enero, titulada “Manifiesto de los pueblos de la parte Este, antigua Española, sobre las causas de su separación de la República de Haití”, suscrita por importantes personalidades y ampliamente difundida en la isla.

Aquella noche del 27 de febrero de 1844, como ya se ha reseñado, los conjurados habían sido convocados para la Puerta de la Misericordia (aún no se conocían los primeros pronunciamientos separatistas del día 26 en El Seybo y Los Llanos), y la verdad es que no sólo hubo quienes faltaron a la cita con la historia (atemorizados o simplemente convencidos de que se trataba de una temeridad) sino que otros, además, obtemperaron al llamado oscilando entre la inquietud y la duda. No debe olvidarse que para esta fecha ya los conspiradores estaban divididos en varias facciones: independentistas, separatistas partidarios del protectorado extranjero (francés o inglés), simples anti-haitianos racistas y hasta antiguos boyeristas resentidos por el nuevo estado de cosas impuesto por Herard.

En la medida en que avanzaban los minutos, parecía que algunos de los presentes vacilaban: alguien planteó abiertamente la necesidad de que el acto de proclamación se pospusiera bajo el alegato de que una parte de los convocados no había hecho acto de presencia y de que no se disponía de informaciones precisas de inteligencia. Se afirma, sin confirmación, que una discusión en voz baja se empezó a desarrollar entre varios de de los complotados, unos defendiendo la idea de la posposición y otros reiterando su postura a favor de que el golpe político se consumara esa noche. Fue entonces cuando Matías Ramón Mella, uno de los patriotas con mayor formación política y militar, se separó airada y resueltamente del grupo que discutía haciendo patente su decisión de no aceptar la postergación.

-¡Hoy es el día, coño -vociferó a todo pulmón-, y el que no esté de acuerdo que se vaya!

Y de inmediato, tomando en sus manos un trabuco dispuesto para la ocasión, el insigne trinitario, haciendo caso omiso a quienes intentaban calmar su espontáneo arranque de bizarría, apuntó hacia el cielo espléndido de la noche y presionó firmemente el disparador…El trabucazo resonó en los aires con inusitado estruendo, sobresaltando a los escasos centinelas en vigilia, despertando a los citadinos que dormían e impactando en la conciencia de los presentes…La señal estaba definitivamente dada, y el grito viril de su propio autor, rotundo y desafiante, virtualmente desgarró el secretismo de aquella histórica reunión:

-¡Abajo los invasores, carajo! ¡Que viva la libertad!

Aunque ninguno de los presentes ignoraba que Mella era un hombre de carácter fuerte y resuelto, todos se sorprendieron por su airada reacción, y la confusión se apoderó momentáneamente hasta de algunos de los principales jefes del movimiento conspirativo. No obstante, unos segundos después el fervor revolucionario pareció generalizarse y una verdadera salva de aplausos y vítores secundó al ilustre independentista. Entonces los temores y las vacilaciones cedieron ante la emoción y el entusiasmo patrióticos, y el grupo se trasladó decididamente hacia la Puerta del Conde, donde la guarnición, tras un ligero incidente que se superó con la intervención del teniente Martin Girón (comprometido con el movimiento), se sumó a la acción redentora. De inmediato, la puerta fue abierta para que entraran a la ciudad los complotados de la villa de San Carlos que, encabezados por Eduardo Abreu, aguardaban fuera de las murallas.

Aquella noche gloriosa, entre salves a la patria e improperios contra la dominación haitiana, se procedió a izar la bandera tricolor del nuevo Estado en la histórica puerta de la ciudad de Santo Domingo. El plan separatista, en las siguientes horas, seguiría el curso originalmente pautado…Con los resplandores de las primeras luces del día 28 de febrero de 1844 (bajo el lema sacrosanto de “Dios, Patria y Libertad”) nacería la República Dominicana.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com



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