El otro día, desde mi mirador de la mundialización en la Costa del Sol, Spain, vi el triste cortejo que encabezaba Penélope Cruz, con los ojos cegados de catarro, dijo el empalagoso comentarista, y yo pensé: Dios mío, ¿será la gripe porcina?… Como esta muchachita presume de viajar tanto.
A su lado, Pedro Almodóvar, con su eterno amor por sí mismo pese a que este año los críticos franceses lo trataron menos bien que otras veces. Sus "abrazos rotos" los hizo hablar de ausencia de inspiración, y le advierten que el mundo ha cambiado.En fin, se ha quedado en tercera regional cuando ya lo que se juega es la Champions League.
No había emoción en el taconeo de Penélope, y Almodóvar parecía con el ego torcido.
Luego vinieron Brad Pitt, ya pasado de moda y Angelina Jolie , que poquito tiene de ángel y menos de guapa.
Aquellos desfiles por la alfombra roja, que yo viví, llenos de gritos, alegrías, talento, no se parecían a estas sonrisas quebradas que repara la crema que con tantísimo talento anuncia Andie MacDowell, y que hizo palpitar mi corazón aturrullado una noche en que desfiló, ella con garbo y majestad, junto a Diana Keaton por esa misma alfombra.
Los aburridos fotógrafos ametrallaban con sus cámaras -desde que se inventó la foto numérica es un placer no gastar película que luego hay que revelar, secar, meter en una ampliadora y esperar que el milagro sea lo más cinematográfico posible.
Los arrastramientos de zapatos alquilados por la productora de turno me han sabido a emoción recatada de un entierro en la Iglesia de la Magdalena de París. Más que quedarse atontados mirando a esta alfombra roja que pierde su fulgor porque la pobrecita ya tiene sesenta años y, como la gente de este festival es más bien truculenta de cheque, seguro que ni la ha cambiado.
Si un día asisten a un entierro en la Madeleine , dense prisa porque en un siglo de estos quisieron transformarla en estación de ferrocarril, recuerden que al lado tienen un maravilloso mercado de las flores y justo detrás Fauchon, la tienda más cara del mundo donde las delikatessen no tienen precio.
Allí no se dicen misas por el alma de los pobres, porque posiblemente el párroco considerará que tienen poca, pero en los entierros de los ricos siempre existe un glamur, una elegancia de Christian Dior, una alegría báquica (me refiero a Bach no a los vinos de Fauchon), que ya imaginarán ustedes.
¿Dónde han ido a parar aquellas estrellas que provocaban la histeria, y a veces hasta ictericia, de los pacientes amontonados alrededor de la alfombra roja de Cannes? Robert Redford, Sydney Pollack, Jean Paul Belmondo, Sofia Loren, la Lollobrígida , la Brigitte , Brigitte Bardot de toda la vida, los pechos imparables de Jayne Mansfield, que provocaban sensación en América y en Oceanía…
Se acabó, como se acaba todo lo bueno. El champaña se ha convertido en cava.
Año1995. Emir Kusturica, el yugoslavo, o serbio, todos somos hijos de Dios, ganaba la Palma de oro con una de las películas más entrañables que he visto en mis muchos años de crítico, Underground. Los periodistas que rodeábamos al elemento subversivo del cine, que había osado romper reglas con sus gitanos, su locura y sus instrumentos de viento, nos divertíamos aquella noche, como muchas otras,
Cannes era una fiesta que le habría dado envidia a Ernesto Hemingway. Estabas agotado, te desplomabas sobre tu ordenador en la Redacción de France-Presse, en las entrañas del feo bunker del Palacio de Festivales, pero habías gozado.
Año 1996. Todos a sollozar con Mike Leig y su Secrets and lies.
Esos momentos, y otros muchos, con Woody Allen y sus Días de radio y tantas y tantas otras, los periodistas teníamos la impresión de divertirnos, no de trabajar. Ahora, este año, presentan como gran estrella suprema del cine mundial a Johnny Hallyday, que fue gran estrella del rock, pero como actor hay que borrarlo en nombre misericordioso de todas las virtudes y de todos los aseos de los santos que están en el cielo y escondidos entre los adoquines de la catedral de La Habana.
Año 2009: aburrimiento asiático, tremendismo del Lars Von Traer, que en 1996 del siglo pasado me había dejado ya la boca llena de ceniza de puro apagado dos días antes.
En fin de cuentas, me quedo, como ejemplo de buen año, con 1966 y Un hombre y una mujer, del rizado Claude Lelouch. Te subes a un Ford Mustang de los viejos, de los antiguos, con Anouk Aimée y comprendes que el amor puede existir. Y cantas aquella bossa nova que nunca olvidarás.
Otros dos momentos, de otros tantos, que viví con la intensidad de la ilusión en el mismo Cannes:. El piano, que en 1993 propulsó a Jane Campion a la cima, y en 1995 Theo Angelopoulos con La mirada de Ulises. Dos películas, dos máximos premios y un único actor, Harvey Kitel, para quien sobran los adjetivos.
¿Tiempos pasados fueron mejores? Pues tal vez sí en el cine.
*Escritor y periodista francés, radicado en España.
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