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  Actualizado sábado 20 de marzo de 2010, 08:09:34 PM (EDT), Santo Domingo, República Dominicana

OPINION

El cine y lo exótico


Por Rodolfo Santovenia*
Diario DigitalRD.Com



Seguramente uno de los mayores encantos del cine es su capacidad de ofrecer una visión de los más lejanos parajes del mundo y de sus extrañas gentes. Las cámaras recorren el orbe y luego las pantallas son testigos de sus andanzas.
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Los viajes del pionero inglés Cherry Kearton, de su compatriota sir Ernest Shackleton al Polo Sur y las expediciones de los esposos Martin y Osa Johnson, abrieron el camino. Pero, con todo, no se alcanza más que a recoger algunas fases primarias de la realidad. Son postales en movimiento, y nada más. Falta llegar a lo recóndito del paisaje. Descorrer el velo que existe entre éste y el hombre en su eterna aventura sobre la tierra. Ver hasta qué punto las cámaras pueden hacer etnografía viva.

El simple viajero sólo ve en la realidad lo que el azar le muestra. El viaje condiciona la forma en que será la película y hasta el montaje se puede vaticinar, pues cuando éste se lleva a cabo lo único que hace el caminante es suprimir las tomas que quedaron mal o muestran poco interés.

Con los filmes de viajes fue creado lentamente un género. En un principio son representaciones artísticas de la realidad, sin tema, guión y hasta sin intervención de la literatura. Pero, más adelante, aplicando todos los medios expresivos del cine, evolucionados posteriormente, resultan una cosa bien distinta.

Y es que el cine asimila otra de las corrientes de su tiempo: el gusto por lo exótico, el furor por viajar. Se quiere saber de distintos lugares. Conocer costumbres y el folclore, Hacer contacto con otras razas.

Es el momento de los trotamundos. De los viajes a la India y a Egipto. De la cámara fotográfica. De las expediciones arqueológicas. De los policromados carteles turísticos. De los libros que relatan las más increíbles travesías.

Como las obras del francés Paul Morand, que se venden en todas las librerías. Las narraciones de Pierre Loti, en las que revela la atracción que siente por las civilizaciones y paisajes exóticos. O los escritos de T. E. Lawrence, el mítico agente británico apasionado por los países de Oriente medio.

Era lógico, pues, que el cine intentase un género en el que, al buscar la realidad exterior, ubicase en el mismo sus genuinas posibilidades y saliera en pos de nuevos horizontes. Espacios que encontrará un explorador de las regiones árticas del Canadá y buscador de pieles, Robert Flaherty.

Sin ficción, sin actores, comienza un filme sobre la vida de un esquimal, lo que en adelante se podrá llamar con propiedad un "documental". La existencia más común del hombre más primitivo en las más desoladas regiones del globo: Nanuk, el esquimal.

Nada de intérpretes, sólo un genuino y anónimo esquimal ; su mujer, sus hijos, su trineo y sus perros que lo arrastran. Nada de escenografías o decorados: sólo las heladas y blancas regiones árticas. Nada de guiones o de tramas complicadas: sólo el batallar de esta familia que corre y corre sin tregua para poder encontrar comida y no morir.

Eso es todo. Hacer cada noche el iglú donde dormir con la familia y al día siguiente volver a correr para sobrevivir. Pero es suficiente. La auténtica tensión dramática de la vida real barre con el melodrama del cine y constituye un clamoroso éxito de público en todo el mundo.

El filme es una novedad absoluta para la época y un magnífico ejemplo del cine exótico en su más alta expresión. Es un registro de la vida diaria. Tan selectivo en sus detalles y en la secuencia de los mismos. Tan íntimo en sus tomas. Tan sensible a los matices del sentimiento común, que por muchos conceptos resulta un drama más elocuente que muchos producidos en el interior de los sets de Holywood.

Para el cineasta, el drama está en la vida real y, especialmente, en la vida primitiva. El hombre enfrentando al desafío de la naturaleza constituye el conflicto más fuerte. En sus filmes, evoca ese conflicto en la vida cotidiana de los seres siguiendo una gradación dramática como lo hace cualquier otra película.

Uno de los momentos más hermosos de la historia del cine quedó grabado cuando Nanuk, sonriente, accedió a que entrara la cámara de Flaherty en su iglú. El realizador no atisba ni espía a Nanuk, ni trata de captar su vida descarnadamente. El colabora con el esquimal en una representación, no una simulación de la existencia. Con ello, logró que el cine exótico alcanzara la mayoría de edad.

Ag/rs

* Historiador y crítico cubano de cine. Autor del primer diccionario de cine de América Latina.

Colaborador de Prensa Latina*


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