Cuanto más recuerde mayor será su indignación cuando rememore que las promesas de hoy fueron las mismas de todos los gobiernos y muy poco hemos avanzado en lo concerniente al mejoramiento de la calidad de vida.
Lo que sí podemos comprobar de inmediato es que quienes prometen mucho hacen muy poco y con frustración vemos cómo se vuelven potentados de la noche a la mañana.
Como la demagogia paga buenos dividendos, en el banco de la indulgencia y la ingenuidad de la población, los privilegiados siguen prometiendo lo que de antemano saben que no van a cumplir, para luego salir con la risible afirmación de que “cuatro años se van rápido y es muy poco lo que se puede hacer en ese corto período”.
Bueno, el espacio es “corto” para resolver y cumplirle al pueblo, pero más largo que las consecuencias de algún laxante productor de un guaguancó estomacal si tenemos que soportar las tropelías de una grupito enquistado en la galaxia política sólo con la finalidad de buscar dinero para sus planes particulares.
Con pasmosa frialdad ponen cara de “no fui yo”, de “yo no sabía eso” y de “yo no estaba ahí” para que se les siga creyendo inmaculados e incapaces de ciertos desmanes y despropósitos.
Con cierta regularidad me pregunto dónde vive la felicidad y, aunque convencido de que no del todo, presiento que habita donde los que tienen sus problemas materiales y sentimentales resueltos. Claro, la ley divina lo ve de otra manera y ella sí que sabe juzgar a todos con la misma vara justiciera.
Ahora bien, no creo que se pueda ser feliz sabiendo que se cimenta la bonanza de unos pocos beneficiarios sobre la calamidad de un pueblo que merece mejor destino. Y es así porque, con rarísimas excepciones, los potentados tienen muchas satisfacciones ahorradas en el banco y poquísimas en el corazón. Por eso se dice que ciertas personas son tan pobres que sólo tienen dinero.
Ahora bien, la felicidad tiene versiones “al alcance de todos los bolsillos” para consolar a ínfimos ratos las necesidades de los pobres. Para la gran masa que vive en la pobreza, la indigencia o la miseria, cualquier cosa que le provea una sonrisa es un momento de dicha y motivo para minimizar sus penurias.
La pobreza tiene diversos ropajes y afecta todos los ámbitos del quehacer humano. Por tal razón ella, como plaga, se distribuye desde la más humilde canasta familiar hasta las empinadas relaciones ejecutivas. La pobreza se adhiere a todos los segmentos poblacionales y se refleja en las más íntimas vivencias, e incluso en las actividades comerciales, religiosas, artísticas, deportivas, políticas, educativas, profesionales…
El pobre es pobre materialmente, pero sabe solidarizarse e identificarse con la pena de su vecino. Escudriña un peso y escurre un plato de comida para compartirlo, porque aprendió que la verdadera riqueza terrenal no es tener más dinero para vivir, sino necesitar menos para ser feliz.
La dinámica de todo esto conduce a concluir que, por lo regular, el poderoso vive para acumular y el pobre para endeudarse y sostener, por ende, la fortuna de los que más poseen.
La única recomendación que tengo a mano es no dejarse aplastar por los ambiciosos ni por los que viven organizando ideas para sacarle provecho a lo de todos y amontonar los frutos de nuestro sudor.
Quienes carecemos de excedentes, debemos aprender a ser felices con lo poco que a nuestras manos llega y siempre demos gracias a Dios cuando recibamos lo que nos toque por la labor que realicemos. Pero también saquemos un espacio para pensar en los demás, en los que no consiguen esa oportunidad, en los que no tienen más destino que labrar sus pesares a borbotones y tratar de asegurarse al menos un próximo paso para no sucumbir.
Los que podemos mirar un poco más allá de nuestras narices tenemos el compromiso de proteger nuestros sueños frente a la insaciable codicia de los que todo lo quieren para ellos, quizás exceptuando las migajas con que postulan sus apetencias de servirse con la cuchara grande las posibilidades, al parecer inagotables, del esfuerzo y el patrimonio que nos pertenecen.
Los demás, son la parte más importante de todo lo que debemos reorientar y defender, por el bien del país y de los que deben heredarlo.