El asunto es que para esas mentalidades cavernícolas, camufladas de vanguardistas, tenemos derecho a pagar impuestos y soportar los desmanes de todo el que quiera pisotear las leyes que rigen nuestra sociedad, pero no a protestar ni cuestionar cualquier cosa que consideremos que no marcha bien.
Esa gente tiene en ristre el fusil de la descalificación, la calumnia (a la que tanto apelan los perversos para justificar mezquindades y agazapar su mediocridad) o, cuando menos, endilgarle el estigma de alguna tendencia partidista contraria al régimen de turno.
Resulta que cualquier disidencia es ferozmente apabullada por los lambiscones de siempre. Para estar a tono con la modernidad y ser aceptado en el exclusivo círculo de los conceptualizadotes hay que ponerse a la disposición del malabarismo y el encantamiento. Pero las enemas cerebrales con que atosigan a nuestro pobre pueblo vienen en todas direcciones. Ahora es muy difícil identificar a los que nos defienden para diferenciarlos de quienes nos ofenden.
La cosa es que ante el más leve asomo de discrepancia con las medidas impopulares que subrepticia o abiertamente se toman desde las altas esferas gubernamentales, surgen las voces de la indolencia y el lambisconismo, que juntos son dinamita, para desacreditar a quien ose diferir del oficialismo.
Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver y ya estamos hartos de las burlas de sectores de poder que se embriagan con las mieles del mando, se creen de sangre azul, entendiendo que llegaron porque son mejores que todos los dominicanos juntos, olvidando que el pueblo les legó el poder por un cuatrienio, que no por herencia o por providencia divina.
Mentiras a diestra y siniestra, a tal punto que algunos actúan con un descaro que indigna, diciendo hoy una cosa y mañana otra. Se autodesmienten sin excusarse siquiera, como si con su malvada palabrería no afectaran a nadie. Claro, al parecer sus acólitos y sus familiares son inmunes a las desconsideraciones que muchos pagamos con disminución de alimentos digeridos, espantosa estrechez salarial, lamentables exhibiciones de corotos, tereques, tiestos y otros cachivaches caseros, no por gusto, sino porque no hay de otra… En fin, vivimos condenados a las migajas con que quienes se creen jeques todopoderosos e inmaculados consideran que debemos sobrevivir.
Mucha alharaca, mucho farandulerismo, mucha pose, mucha espuma y poco chocolate, en tanto el pueblo llano se le avienta el estómago con grandes cucharadas de esperanza, aderezada con demagogia y falsa solidaridad.
Ese es otro tópico de la cadena de maledicencia perfumada: la mal denominada solidaridad, que no es tal, sino una inversión de nuestro propio dinero en sus fines políticos particulares, proyectados en aspiraciones extemporáneas y en ridículas intenciones de ceñirse lo que en ninguna cabeza pensante cabe cristalizar, sino como sueños infantiles de asombrosa ingenuidad. Y hasta aquí llegan los devaneos pueriles y siderales de quienes están convencidos de que tienen y mantendrán la sartén por el mango.
Esos delirios conducen a sentirse propietarios de un título nobiliario, que no de un cargo pasajero, que vuelve a las manos del pueblo cada cuatro años, y desde su encumbramiento se percibe que todo puede trocarse a sus caprichos. Debemos convenir que las nubes quedan muy lejos.
La cosa no es minimizar las conclusiones de una encuesta británica que, alertando a los turistas ingleses, nos colocó entre los peores países del mundo por ausencia de seguridad e higiene y luego a las del Departamento de Estado norteamericano, advirtiendo a sus conciudadanos a cuidarse de ser asaltados o sexualmente violados en la República Dominicana.
La delincuencia y la inseguridad ciudadana siguen su agitado curso, con atracos al granel, violencia callejera y doméstica, incluso yendo en aumento la industria del secuestro... Y las autoridades dando palos a ciegas, actuando con una torpeza irritante.
Aquí todo se prostituye. Las leyes son irrespetadas con asombroso desparpajo hasta por los mismos encargados de hacerlas cumplir, pero luego pretenden, con su cara dura, que el pueblo las acate, en nombre de la gobernabilidad y la estabilidad macroeconómica.
Las cargas impositivas se han convertido en el mayor yacimiento de sufrimiento económico para los desprovistos de fortuna y abolengo, en tanto que son una vía expedita para el enriquecimiento y sostén de los privilegios que ayer eran satanizados porque los usufructuaban quienes se ubicaban en la margen contraria. Lo que se debería encarar no es seguir en la loca carrera de crear nuevos arbitrios, sino la eficacia en el cobro de los ya existentes, pero haciendo un uso racional del gasto público, con real austeridad, dedicando las partidas correspondientes a todos los renglones productivos, de seguridad social y de formación integral, con miras a mejorar la vida de cada dominicano.
Es cierto que todos tenemos una fórmula para resolver todas las crisis, pero ese no es el punto, sino que se apliquen correctivos, que se verifiquen sinceras intenciones de hacerlo, que es de lo que más estamos careciendo.
No es desautorizando la encuesta ENDESA-2007 como vamos a superar el 30% de analfabetismo y la baja calidad educativa que ésta denunció, sino atacando el flagelo desde su raíz, que es la respuesta correcta; lo demás es pérdida de tiempo y ganas de sobresalir. Pretendiendo tapar el sol con un dedo no borraremos nuestras deficiencias y carencias; de ese modo irresponsable nunca saldaremos la insuficiencia de planteles escolares, la paupérrima dosis de recursos económicos destinados a paliar nuestro famélico caparazón educativo ni de los risibles y obsoletos programas que aplicamos en este ámbito del quehacer humano.
La Oficina de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en República Dominicana presentó en mayo del pasado año su Informe sobre Desarrollo Humano República Dominicana 2008, bajo el título: “Desarrollo humano, una cuestión de poder”, donde desnudó muchas de las razones por las cuales seguimos siendo un país con un atraso penoso, entre tales el deprimente bajo nivel de desarrollo integral de la mayoría de nuestras provincias.
El Informe refería que “no hay razones para suponer que las instituciones políticas y las relaciones de poder vayan a cambiar de manera espontánea, por lo tanto, si la sociedad no se organiza, se empodera, se moviliza y reestructura las relaciones de poder no habrá desarrollo humano, porque el desarrollo humano es una cuestión de poder” y en tal sentido señala ciertas cifras que no pueden ser más desalentadoras:
* Por cada 100 millones de pesos adicionales que el gobierno transfirió a los ayuntamientos, entre 1995 y 2006 se crearon dos nuevos municipios.
* Sólo el 44% de los centros de atención primaria existentes en 2004 contaba con personal sanitario.
* El acceso a internet costaba en 2007 entre el 43% y el 57% del salario mínimo.
* El 14% de la población de Higüey tiene agua potable en sus hogares, en contraste con el 76% de los habitantes de Santiago.
A todo eso se suma la desconfianza creciente hacia la palabra de nuestro presidente, máxime considerando el enorme disgusto que han causado entre la población los insultos, perdón, indultos a personas ligadas a escandalosos actos de corrupción e incluso condenadas en varias instancias judiciales.
¿Y qué decir del silencio asumido cuando sus pupilos (porque fue nuestro presidente quien los propuso) de la Cámara de Cuentas suman nuevos desmanes a la impronta negativa de sus antecesores¬¬?
Como un pesado fardo se añaden los viajes turísticos con ribetes de misiones oficiales que alguna vez alguien debería cuantificar en tanto inversión de los dineros del erario público y beneficios palpables para la nación, que vienen precedidos de grandes burbujas mediáticas que estallan contra las paredes de la realidad al quedarse en pompas de jabón o cortinas de humo las cacareadas inversiones que atraerían esos periplos internacionales. Esas millonadas se quedan en simples deseos que rondan en las cabezas de los viajeros y que sirven como excusas para justificar el dispendio.
Del abusivo incremento de los niveles y renglones impositivos es mejor no abundar, para evitar enojos, pero no soslayemos la burla con el jueguito del sube y baja de los combustibles, según el comportamiento de los precios del barril del crudo de petróleo.
A pesar de todo ese panorama desolador, de apego al balaguerismo y distanciamiento de la moral boschista, cabe preguntarse si habrá sinceridad con miras a la celebración del centenario del nacimiento del fundador y guía del partido que agrupó la camada que hoy, ebria de poder, se comporta como heredera de una monarquía, despreciando incluso sus orígenes, a los cuales apela de cuando en vez y de vez en cuando por pura conveniencia.
Pero como yo soy dominicano, y por ende uno de tantos que no sabemos conceptualizar, me consolaré con este simple desahogo para no asfixiarme ante tanta desfachatez.
La lucha contra la delincuencia es muy enclenque, tanto que en algunos lugares donde se despliega el programa Barrio Seguro los antisociales se sienten más protegidos que la gente honrada.
Los agentes de la Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET), tan diligentes al momento de aplicar multas por documentación incompleta u otras violaciones a la Ley de Tránsito, luce anémica cuando los transgresores son los choferes de los destartalados carros y guaguas del concho, que se paran donde y como quiera sin ser amonestados por los uniformados, enviando una vergonzosa señal de que los sindicatos choferiles tienen sus propias reglas y que se ubican por encima de las normas aplicables a los demás ciudadanos.
Una buena muestra de la pusilanimidad, por no decir anemia de autoridad, la tenemos con el Metro de Santo Domingo, en cuyas estaciones ya clavaron la mirada los prohijadores del caos colectivo en nuestras calles y avenidas, presionando y chantajeando de la forma más denigrante posible, a sabiendas de que los encargados de garantizar el orden y las propiedades públicas y privadas ceden al primer nubarrón que se les presente, recurriendo a su manido estribillo de pagar en lugar de pegar, profundizando aún más su cuota de responsabilidad con esa situación.
Esa monumental inversión del dinero que generan las recaudaciones de los impuestos que pagamos los habitantes de nuestra media isla podría culminar en una frustración mayúscula si finalmente los empresarios del transporte público son complacidos con el otorgamiento de las rutas alimentadoras del Metro y no tardaremos en ver cómo éstos lo paralizarán cada vez que quieran darle riendas sueltas al clientelismo y el chantaje, las armas predilectas de los representantes de los “sacrificados obreros del volante”.
Del disparate de la energía eléctrica mejor ni hablar, pero todo no es más que otro resultado de las componendas de los tres principales partidos que han depredado la economía y la calidad de vida de cada uno de los dominicanos y dominicanas que por desgracia nos ha tocado compartir la nacionalidad con tantos antidominicanos disfrazados de nacionalistas.
La debacle de la imagen de la Marina de Guerra, salpicada por varios escándalos de oficiales y subalternos ligados al narcotráficos, la recurrente conducta policial de dudosos intercambios de disparos, las acusaciones de narco-Estado hechas por el presidente del PRD, las ollas de grillos destapadas por el senador banilejo Winston Guerrero, las imputaciones de corrupción que el encumbrado dirigente peledeísta Dr. Euclides Gutiérrez Félix ha hecho a sus propios compañeros de partido, en especial a los funcionarios gubernamentales que se han escudado en el secretario general de la organización morada o en escaramuzas con intención de mordaza para no profundizar en un posible lodazal.
En fín, para no tener que admitir que tanta descomposición conduce inexorablemente a certificar nuestra calidad de Estado fallido, aunque a muchos repele aceptar la etiqueta, pero no nos quejemos mientras las instituciones y el Estado como tal no garanticen respeto a las decisiones y aspiraciones de las mayorías, así como mejores condiciones de vida, donde no quepan la corrupción, la compra de conciencias, el uso indebido del presupuesto nacional, los acuerdos de aposento, la usurpación e hipoteca de los recursos naturales, el enriquecimiento ilícito y a expensas del empobrecimiento de los excluidos del boato y la fortuna y, en definitiva, un país administrado de tal modo que nos sintamos realmente orgullosos todos de compartir la nacionalidad con quienes nos representen desde las elevadas esferas del poder político.
Con todo este “avance”, no me queda más remedio que sumarme a la consigna presidencial, pero con una leve modificación, más realista y, por vías de consecuencia, más honesta: “E’ pa’ allante que vamos”.