OPINION
Huáscar Rodríguez Herrera
Por Santiago Estrella Veloz El autor es periodista y escritor
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El pasado 27 de octubre se cumplieron tres años de la muerte del empresario industrial Huáscar Rodríguez Herrera, un batallador que nunca se rindió, pues aún pocos meses antes de su muerte, a los 82 años, se mantenía activo atendiendo personalmente sus negocios, que fueron muchos, entre ellos Cementos Cibao, fábrica establecida en Santiago.
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Con Huáscar mantuve una amistad durante poco más de 40 años, pues le conocí en 1964, dos años después que me iniciara en el periodismo. Para aquella época el dinero rendía mucho, a tal punto que Huáscar, al darse cuenta de que mi vehículo era una pequeña motocicleta, me vendió el primer auto que tuve en mi vida: un Volkswagen casi nuevo por la suma de 700 pesos, pagadero a plazos que cumplí religiosamente y que luego vendí al colega y buen amigo Chichí de Jesús Reyes.
Para entonces yo tenía 22 años y estaba casado. Cuando nuestra amistad se ensanchó, poco después Huáscar me propuso instalarme un negocio de venta de electrodomésticos, que acepté entusiasmado, pues también me había prometido apoyo financiero para que finalmente fuera dueño de una planta de gas propano. Mi madre se opuso rotundamente, bajo el alegato de que era aún muy joven para aceptar tales responsabilidades. El respeto que le tenía a mi madre me hizo desistir del proyecto, con gran pena para Huáscar Rodríguez, pues entendía que era la oportunidad de mi vida. Hoy, cuando pocos jóvenes respetan de verdad a sus padres, me pongo a pensar qué hubiera sido de mi vida si hubiese desobedecido a mi madre. Posiblemente sería un hombre rico, pero con la amargura de no haber cumplido su oposición a que me insertara en el mundo de
los negocios.
Huáscar comenzó desde abajo: siendo niño en su natal Jarabacoa, según me contaba, fabricaba carritos con cajas de bacalao y ruedas de frutos de la jabilla, los cuales vendía a los que tenían posibilidades de comprarlo. Era el empresario que comenzaba. Siendo joven, casó con la distinguida dama Amalia Sotomayor, pero apenas disponía de un viejo auto que le daba muchos tormentos. Un día, decidió ir al ingenio Catarey, en Villa Altagracia, pues había leído en El Caribe o la Nación de entonces que allí estaban vendiendo una partida de sacos, que podría revender con algunos beneficios. Pero no tenía dinero, de modo que le pidió al administrador que los vendiera a crédito, que confiara en su palabra, pues le pagaría tan pronto eso sucediera. El administrador, por ayudarlo, así lo hizo, y Huáscar cumplió su palabra al pie de la letra.
Tiempo después se embarcó en un pequeño negocio, pero su socio suyo le engañó y no se sabe de que manera alteró los papeles y desapareció las acciones, quedándose Huáscar sin un centavo. Entonces visitó a un compadre suyo, sargento de la Marina de Guerra, a quien le explicó lo sucedido diciéndole que su deseo habría sido vengarse de alguna manera contra su ex socio. Estaba profundamente irritado. El sargento le recomendó que comenzara de nuevo, que confiara en Dios; le llevo al Banco de Reservas y puso en manos de Huáscar, a titulo de préstamo, los únicos 800 pesos que tenía como ahorros. A partir de ahí, comenzó a negociar con hierros usados, sacos de envasar azúcar y otros menesteres, hasta que su negocio creció como por arte de magia, fruto de un intenso trabajo y de una disciplina poco común. Surgió Gas Caribe, Terminal Gas Limited en Haina, Inoxida, Cementos Cibao, etc., en cuyos terrenos fabricó una gran residencia para estar primero que todos en el trabajo.
Cuando logró su primer millón de pesos, se juró a sí mismo que ese dinero nunca se le acabaría, como en efecto sucedió. Fue a la Jefatura de la Marina de Guerra para preguntar por el destino de su compadre marinero, comunicándosele que estaba de servicio en Manzanillo. Gracias a su amistad con uno de los jefes de la Marina, rápidamente el compadre fue trasladado a Ciudad Trujillo, que así se
llamaba entonces la capital, Santo Domingo.
Huáscar le dijo al compadre que le pidiera lo que quisiera, pues ya era millonario. Pero el viejo marino le respondió que únicamente deseaba que le devolviera los 800 pesos que le había prestado, con algunos intereses que le hubiera pagado el banco. Huáscar lo complació, pero no se sentía satisfecho, pues consideraba que era mucho más lo que debía al compadre.
Averiguó que el marino vivía junto a su madre en la calle Peña Batlle, en Villa Consuelo. Era una casa alquilada y Huáscar la compró a su propietario, regalándose al compadre, que apenas lo podía creer. La madre del marino lloró de alegría al saber que había pasado de inquilina a propietaria, echándole miles de bendiciones a su benefactor, como si hubiera sido su propio hijo.
La historia de Huáscar Rodríguez es digna de contar en un libro, pero lamentablemente de ella solo recuerdo fragmentos como lo que he citado. Un día se lo propuse y me dijo que todavía "no era tiempo" de narrar su historia, pues entendía que pocos creerían que en base al puro trabajo se conseguiría llegar a millonario.
Sí estoy seguro de que Huáscar luchó con firmeza para llegar a donde llegó, enfrentándose a menudo con envidiosos que trataban de desacreditarlo, muchos de ellos competidores empresarios oligarcas que no toleraban que un campesino
de Jarabacoa les hiciera sombra.
Si narro esta breve historia es porque conocí bien a Huáscar Rodríguez y se que lo único que hizo fue trabajar, para desarrollar un conjunto de empresas (llegó a poseer o ser accionista de 52), todas generadoras de riqueza y de empleos, muchas de las cuales todavía se mantienen bajo el mando de sus hijos Wáscar (así con W es que firma) Martín, Amalita, Raysa Josefina y no sé si Maripili, que
me dicen vive en Miami.
Huáscar Rodríguez jamás me pidió que escribiera algún artículo a su favor cuando era injustamente calumniado. Era incapaz de valerse de la amistad de un periodista para pedirle un favor de esa naturaleza, aunque bien pudo haberlo hecho simplemente para comprobar si era o no cierta la amistad que algunos periodistas le profesamos. Su temperamento no era ese, y tras si imponente figura, a veces con cara que parecía de pocos amigos, se escondía un ser generoso que practicó la filantropía, sin hacer alardes de ello en los medios de comunicación. Una de sus obras es el Centro Geriátrico de Jarabacoa, que lleva el nombre de su fallecida madre Margarita, y a cuya realidad contribuyó su compueblano y empresario Víctor Méndez Capellán.
Hace años que no tengo contacto con sus hijos, a algunos de los cuales conocí cuando eran pequeños en la calle Santiago, de esta capital, donde Huáscar vivía y tenía allí el Consulado Honorario de Guatemala, del cual era titular.
El año pasado llamé por teléfono a Wuáscar Martín a Cementos Cibao, en Santiago, para comentarle un sueño que tuve con su padre, quien me pidió se lo transmitiera. No creo en esas cosas, pero consideré mi deber hacerlo. El muchacho ni siquiera me respondió, posiblemente ignorante de la relación que tuve con su padre. Tampoco lo culpo, pues se que es un empresario muy ocupado, pero por lo menos pudo decirle a su secretaria que me llamara y me dijera que estaba cazando leones en África y que no regresaría hasta el 2010. La
vida es así.
Solo deseo que Huáscar Rodríguez Herrera, donde quiera que esté, se encuentre en paz.
santiagoestrella2000@yahoo.com
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