No era actor grandioso. Desconocía el arte dramático. No hizo del histrionismo una ciencia. Sólo aplicó su físico y personalidad. Y un genial director, John Ford, lo consagró cuando extrajo de su apariencia de bruto magnífico, la humanidad, la ternura, la abyección y el infantilismo necesario para que Gypo Notan, el torturado protagonista de El delator, de la novela de Liam O´Flaherty, tuviera su cabal traducción.
Tanto es así, que cuando la Academia le otorgó el Oscar a la mejor interpretación, en realidad lo merecían también el guionista y el director, quienes lo ganaron, y el fotógrafo al que dejaron fuera.
Victor McLaglen (1886-1959) era una fuerza de la naturaleza encausada por un realizador de visión inteligente. Es cierto que le perjudicó tanto la extensión de su carrera como la angostura de su tipo. Era demasiada brutalidad física en un corazón de niño para no ver que su repertorio había tenido escasa variación desde que El precio de la gloria le diera notoriedad. Pero todo se le perdonaba. A fin de cuentas se imitaba a sí mismo. No tenía precedentes.
McLaglen y Ford rodaron juntos varias películas. Primero, en el cine mudo Corazón intrépido, Madre mía y El legado trágico. Y después, Strong boy, que se presentó con efectos sonoros; Shari, la hechicera, con abundante diálogo; y La patrulla perdida, uno de los primeros títulos importantes del realizador.
Más adelante, We Willie Winkie, basada en un cuento de Rudyard Kipling. Y tres westerns: Fort Apache, La legión invencible y Río grande, en los que, curiosamente, figura en el reparto con el mismo grado militar y nombre: sargento Quincannon. El primero, acompañando a Henry Fonda; los otros dos, a John Wayne.
Finalmente, El hombre quieto, también junto a Wayne. Obra en la que el plato fuerte es el combate que sostenían ambos. Una riña a puñetazos memorable.
Una homérica pelea que angustia al espectador y le hace sentir la misma sensación que cuando en el circo los trapecistas, sin red alguna, ante la perspectiva de una posible caída mortal, le provocan unos minutos de congoja. Tanto es su realismo.
McLaglen nace en Londres y pasa parte de su niñez en Sudáfrica. Se produce la guerra entre boérs y británicos, miente sobre su edad y se alista. Pero es descubierto el engaño y lo mandan de regreso al hogar.
Su padre, obispo anglicano, no sabe mucho de heroísmo juvenil. O si lo sabe, no aprecia los móviles que impulsan al muchacho e impone el castigo que le merece el pecado de mentir: encierro, aislamiento total.
El pequeño gigante se ve reducido a una inmovilidad casi absoluta. No soporta la reclusión y huye del hogar sin más bagaje que su afán de aventura y la fuerza de sus puños.
En un barco de carga es admitido como grumete y pronto conoce las islas Tahití y Fiji. Llega a Australia y de ahí pasa a la India. Periplo que termina en Ceilán donde abandona la marina mercante.
Preguntado en una entrevista casi al final de su existencia sobre los motivos que tuvo para alejarse de la vida al mar, dijo: "La causa principal fueron las malditas literas que eran demasiado cortas. En más de una bodega debí dormir en diagonal. Tenga en cuenta que el más pequeño de mis 7 hermanos medía 1 metro 82 centímetros".
Después viaja a Canadá. Allí se ve envuelto en numerosas riñas. Alguien ve posibilidades de encaminar su extraordinario vigor y le enseña a boxear. Pero es tanta su impetuosidad que a la tercera sesión pone fuera de combate al mentor. Huye de una aventura sentimental y cruza la frontera con Estados Unidos.
Enseguida se hace hábil jinete y cuando estalla el conflicto mundial entra en el Cuerpo de caballería del Ejército británico. Ignora por completo el arte de la guerra.
Pero sus condiciones naturales le llevan a ser subteniente a poco de vestir el uniforme. Destacado su regimiento en Mesopotamia, combate contra árabes y turcos.
Terminada la contienda regresa a Londres, hace exhibiciones gimnásticas en un club y un director de cine que busca una figura como la suya para rodar le ofrece trabajo. El filme, titulado El magnífico bruto, es poca cosa, aunque para él suficiente: revela que es un actor nato.
El salto a Hollywood lo da pronto ylo da con buen pie pues las interpretaciones no se hacen esperar y se suceden: El magnífico bruto, que lo ubica en una situación de privilegio; Beau Geste, primera versión de la célebre novela de P. C. Wren; El reloj negro, y otras.
Su encuentro con John Ford fue lo mejor que pudo ocurrirle a Victor McLaglen. Y es que el actor británico encajaba perfectamente en el cine que hacía el cineasta irlandés.
El mundo creado por Ford era ingenuo, elemental. Sus guiones son sólo un medio para arribar de la forma más discreta al drama y a los individuos. Ford buscaba ante todo la sencillez. La sobriedad. Lo que le interesaba –según sus propias palabras- era observar el comportamiento de individuos diferentes ante un hecho crucial o una aventura fuera de lo corriente.
Ag/rs
PL-26
(Colaborador Prensa Latina)
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