Así pudo vérsele, entre otros muchos, como torero español; pirata caribeño; revolucionario mexicano; pistolero neoyorquino; guerrero mongol; pintor francés; mafioso siciliano; jeque árabe; campesino italiano; aldeano griego; y hasta Papa ruso y esquimal de los fríos árticos.
Anthony Quinn (1915-2001) había nacido en México, en la ciudad de Chihuahua. Hijo de un pintor y torero aficionado, quedó huérfano en la niñez y tuvo que trabajar desde pequeño para sostener a su madre y a una hermana quienes quedaron a su cargo.
Sobre ese difícil período de su vida, dirá 50 años después, -en una entrevista durante el rodaje de El secreto de Santa Victoria, especie de comedia bélica dirigida por Stanley Kramer, con Anna Magnani-: "Tuve una infancia y una adolescencia particularmente dura. Conocí la miseria, pero no una miseria cualquiera, sino la madre de las miserias. Y, si bien no deseo por nada que mis hijos y nietos la conozcan, no lamento, sin embargo, haberla conocido.
"La pobreza nos enseña una lección que no se olvida jamás. El hombre que tiene que luchar para sobrevivir no tiene tiempo para cuestionar a qué raza o religión pertenecen sus semejantes, y eso le evita cometer muchos errores después".
Muy joven, Quinn abandona su patria para trasladarse a Estados Unidos., donde inicia su carrera teatral y comienza a una prolongada trayectoria cinematográfica que inaugura con el filme The Plainsman, de Cecil B. DeMille. Obra en la que interpreta a un indio cheyenne, caracterización que le lanza a una serie de westerns en los cuales anima frecuentemente a esos guerreros aborígenes. Su físico se presta a ello.
Con DeMille rueda dos películas: El bucanero, protagonizada por Fredich March, historia del pirata Jean Laffite, un vagabundo de alta mar que deseaba afincarse en tierra firme (cuyo remake dirigirá 20 años más tarde el propio Quinn con Yul Brynner en el estelar); y Unión Pacífico, sobre el trazado del famoso tendido ferroviario que da título al filme.
Después comenzarán los grandes éxitos y llegará la fama. Primero Viva Zapata, de Elia Kazan, junto a Marlon Brando, con cuya interpretación obtiene su primer Oscar como actor de reparto. Más adelante, La Strada, con Giulietta Massina, esposa de Federico Fellini, el director del filme. Y finalmente Sed de Vivir, donde hace el papel del pintor Paul Gaugin, y gana su segundo Oscar como mejor actor..
A partir de La Strada, precisamente, consigue su consagración como actor. Desde entonces, había que fijar los contratos con él con dos años de anticipación. La hora (de poder decir "no deseo interpretar ese personaje" había llegado.
Triunfar para Quinn era algo más que el saberse solicitado, el número de películas de alto presupuesto rodadas o el beneficio económico que le reportaban. Al respecto decía: "Lo importante es saber que se ha hecho un trabajo útil para la sociedad. He encarnado a personajes de distintas nacionalidades y siempre hacía lo posible por representar las características del país que me asignaban. Así, pude darme cuenta de que todos los pueblos tienen al menos una cosa en común, el deseo de comprender a los otros.
"Una de las cosas más importantes en la vida es la compresión. En general, tenemos una idea confusa de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras. Me gustaría tener contacto directo con las gentes a fin de comprender exactamente qué es lo que quieren. Todo ello con un solo fin, claro está, el de eliminar las guerras".
Cuando actuaba, Quinn trataba siempre de correr algún riesgo; de desafiar, con el fin de no limitarse a ser un simple comediante que interpretaba con frialdad analítica. Como su trabajo en Zorba el griego, de Michael Cacoyannis, o en Las sandalias del pescador, de Michael Anderson, en las que exige ese "algo más" a sus personajes.
O mejor dicho, presta algo que para cualquier otro actor sería difícil otorgar: esa vehemencia superior que le caracterizó a lo largo de los años ante las cámaras.
Siempre que le fue posible se mantuvo al margen de las vanidades y artificios propagandísticos organizados por la industria del cine. Así, odiaba los chismes propalados por los gacetilleros, el bullicio de los cocteles, y el oropel de las fiestas y de las apariciones en público.
Eso provocó que se le catalogara de rudo. Una hipotética rudeza que lo persiguió a lo largo y ancho de los cinco continentes. Hasta que un día no pudo más y habló:
"Creo que sólo soy duro en lo que se refiere a mi sentido de la responsabilidad. Mi vida privada es asunto mío. Cuando uno va a cenar al mejor restaurante, le guste o no la comida que le sirven, no interroga al chef, por más famoso que sea, sobre si se lleva bien o no con su mujer o se ha casado varias veces.
"Su forma de ser no tiene nada que ver con su trabajo. Y su trabajo nada tiene que ver con su forma de ser. Lucho cada día por mis derechos como ser humano y es porque creo, de todo corazón, en la dignidad del hombre".