En la actualidad hay nuevos elementos que complican más aún el proceso de formación de la cultura, su influencia y devenir, como es el tiempo de transmisión y procesamiento, su capacidad de acumulación y la aplicación instantánea del saber resultante. Además, no todas las culturas disponen de los mismos recursos. En parte, por eso está en vías de desaparición un 25 por ciento de los idiomas y dialectos contemporáneos.
¿Es posible cambiar?
¿Sería posible diseñar o modificar el saber existente, de modo de contribuir al surgimiento de una cultura rica en ideas, como la que caracterizó al siglo de oro griego, de Pericles a Aristóteles?. Y sobre todo, de distinta impronta a las de las hordas orientales que medían entre Atila y Tamerán, de una crueldad salvaje, de alguna manera compartida por romanos y bizantinos durante un largo período.
Para recordar la necesidad de mejoramiento de la estirpe humana baste recordar la desaparición de los etruscos, la destrucción total de Cartago, Sagunto y Numancia, así como la aniquilación por César (según su obra "La Guerra de las Galias") de 800 pueblos y aldeas, y más de un millón de soldados y pobladores celtas, durante un enfrentamiento de 10 años.
Con el paso del tiempo el hombre parece haber empeorado, porque las guerras no han cesado desde 1945 y las armas son ahora más mortales, poderosas y de largo alcance, más eficientes e inteligentes. En este sentido moral incluso ha llegado a poner al mundo al borde de la destrucción, incluso del exterminio de la especie.
No hay que atribuirlo todo a las nuevas tecnologías de información y comunicación, pero debemos aceptar que mucho tiene que ver la automatización y robotización, sin duda parte esencial del desbocado armamentismo del presente, en particular de Estados Unidos, que llega a más a más de 700 mil millones de dólares anuales.
Informatica, cultura y poder
¿Es posible pensar de otro modo cuando el 90 por ciento de la población mundial no tiene computadoras, el 50 por ciento sobrevive con un dólar diario y faltan escuelas, maestros, fuentes de agua y alimentos baratos?.
En medio de este panorama desolador surgen dudas de que las nuevas tecnologías no agraven el problema, como es el caso de micro-chips inyectables al torrente sanguíneo para transmitir impulsos electrónicos al cerebro, lo que podría convertir en realidad la robotización humana soñada por la ciencia ficción.
¿Qué tipo de cultura saldrá de este choque de mundos hasta ahora distantes? ¿Qué efecto tendrá la desigualdad y la dependencia sobre los pueblos pobres? ¿Cómo será y para qué servirá el conocimiento y la acumulación digital del saber entre los países con hambre? ¿Será posible modificar este destino torcido impuesto por los países ricos? Pensemos como ejemplo que Bolivia ha sido saqueada de su estaño, oro y petróleo durante 500 años, primero por España y después por Inglaterra y Estados Unidos.
Cultura es saber acumulado, pero también modo de ser y actitudes compartidas. Estas actitudes se van creando, en muchos casos con fines comerciales, sin considerar las consecuencias.
Pueden citarse los parques temáticos construidos por la Corporación Disney en La Florida, Paris y Tokio, representativos de la cultura de los "comics".
También las canciones hechas a la medida como "Titanic", de Celine Dione, que vendió 40 millones de discos. Prueba del impacto del medio y la publicidad dirigida es que Elvis Presley Inc. vende aún 20 millones anuales de DVD a pesar de su muerte hace 30 años por exceso de drogas.
La música siempre ha sido un producto cultural atractivo que ha llevado a Pavarotti a pasar la marca de los mil millones de discos, mezcla de la cultura clásica y popular.
Lo que no se entiende en el plano del conocimiento es la locura por las novelas sobre el mago adolescente Harry Potter, de las cuales se han vendido más de 400 millones de ejemplares, sin contar tres películas que han producido ingresos por más de 500 millones de dólares. Algo pasa cuando la magia deslumbra a un 70 por ciento de la población mundial, particularmente en los países europeos, los más ricos y avanzados del mundo.
Estos fenómenos hay que estudiarlos para sacar conclusiones que ayuden al hombre a salvar los valores válidos de la cultura contemporánea. Si los pueblos no se hacen conscientes de los peligros que entraña la decadencia del saber y el conocimiento, este punto, aparentemente teórico, podría acelerar la actual crisis provocada por el neoliberalismo y la lucha por el poder y las materias primas. Puede decirse que hemos entrado en una fase irreversible de peligro máximo.
Mem/eg
*El autor es colaborador de Prensa Latina