Pero debido a un chisme hace pocos días una infausta mujer a quien las malas lenguas vinculaban a una relación extramarital optó por quitarse la vida, dejando una triste nota manuscrita en la que le hizo saber a su ahora viudo que nunca le fue infiel. ¿Ven a lo que puede llevar el chisme cuando lo adereza el veneno?
El chisme, ese cáncer social que tanto daño hace a las personas, es un mal ancestral que cuando no se le puede detener a tiempo es capaz de corroer la más sólida relación familiar, amistosa e institucional.
El chismoso es el magna cum laude de las enfermedades del alma deambulando en carne y hueso, en afanoso trajinar por los vericuetos del lleva y trae y los escabrosos andamios del dime y direte.
La tristemente célebre frase maquiavélica “divide y vencerás” parece acuñada por un chismoso o al menos le cae como anillo al dedo a los cultivadores del chisme, dado que resume su fin ulterior. El objetivo esencial del chismoso es destruir.
Cuánta sabiduría describió el escritor irlandés Bernard Shaw (1856-1950) este flagelo: “El chisme es como una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, mejor que no te metas con ella”.
Aunque lleves una vida cristalina, de cara al sol, el envidioso busca cualquier mecanismo para lanzarte el lodazal de sus sentimientos bajo la sombrilla de un rumor que cuando encuentra semejantes madrigueras de mugre se transforma en chisme, que no en vano se le tiene como a vergonzosa cualidad propia de personas superficiales.
Siendo así, por mucho que te protejas de las malas lenguas, la murmuración te elige y te otorga un papel preponderante, un protagonismo que tú no deseas, sólo para poder acabar contigo, tratando de manchar tu honra o embadurnar tu reputación con las miserias de las frustraciones de los kamikases de la envidia.
“Hay gente que dice que…” “Según me contaron…” “He oído por ahí que…”, detrás de cada una de tales expresiones se ocultan la maledicencia y la perversidad de la mente maquiavélica de quien te aborda con ellas. Se presentan cual inofensivas ovejitas, pero subyace en el fondo de su ser el veneno asesino de una serpiente. El objetivo que persiguen es perturbar tu paz interior trocándola por la cicuta de sus maquinaciones.
El chismoso, como su par el envidioso, identifica los árboles que dan frutos para tirarle piedras. Otea tu dignidad, que con tanto esmero has construido y defendido, para darse gusto inventando barbaridades sobre tu persona, pues como todo malévolo su propósito es hacer daño.
Y, ay de ti, si el chisme lo catapultan hacia los medios de comunicación masiva, pues de inmediato se multiplican tus críticos y tus enemigos gratuitos, a los que se afilian los “me cae mal todo”, los impulsivos que te atacan sin saber siquiera lo mínimo sobre ti, los locos viejos de siempre que quieren opinar sin saber lo que hablan recalando en aquello de “calumnia, calumnia que de eso algo queda”, sentencia que muchos endilgan al filósofo francés Voltaire (1694-1778).
Es así como comprobamos que el chisme no es más que una larva social, una plaga que se nutre de los que no evitan caer en sus filosas garras.
Hay muchas formas de caer en la red de la chismografía, que es todo un engranaje de situaciones: tirando puyas o indirectas, camuflando la verdad, maquillando la realidad, escondiendo resultados, evadiendo responsabilidades, “enchinchando” o azuzando, debilitando amistades, Está claro que se propaga como epidemia, vertiginosamente, y eso la torna mucho más peligrosa.
Con la irrupción de los medios y programas interactivos ha surgido una nueva modalidad de cuchicheo, donde, de manera irresponsable, cualquier amargado, sin identificarse o escudándose en un nombre falso o un seudónimo, se conecta a la red de Internet o toma un teléfono y llama sólo para dar riendas sueltas a sus frustraciones o su perversidad.
Se considera que chisme, por definición, es una noticia, murmuración o comentario que a falta de comprobación definitiva puede ser verdad o mentira y esa noción de falacia o certeza es lo que va tejiendo la telaraña que germina en mar de confusiones, el cual tarde o temprano va dañando reputaciones, indisponiendo personas y destruyendo amistades y hasta hermandades.
El chismoso es, por lo regular, un gran cobarde, pues hablar a espaldas de los demás no es una cualidad honorable, nada envidiable ni propia de personas valientes.
La calumnia, uno de los principales métodos del chismoso, es acusación llena de falsedad, una mentira creada exclusivamente para enlodar y dañar a los demás. En tanto, la murmuración, el bochinche, el lengüeteo, es tópico que se dedica a la insana práctica de denostar a una persona en su ausencia.
No es casualidad que algunos pensadores opinen que cuando cualquiera de nosotros habla mal de otra persona equivale a la muerte de tres de nuestros semejantes a la vez. Las víctimas son: quien habla, quien escucha y de quien se habla.
No pocos expertos entienden que chismear es algo innato a la naturaleza humana e incluso consideran que el chisme puede llegar a prevenir comportamientos impropios y descorchar importantes revelaciones si se sabe manejar escrupulosamente, pues lo peor se presenta cuando se trata de utilizar este asunto para lograr beneficios particulares o exteriorizar falacias.
Hay quienes defienden la tesis de que el chisme multiplica las endorfinas y combate el estrés.
No obstante hay una especie de chisme sano, el que no encierra mala intención, que ocurre cuando compartimos con un amigo y comentamos sobre otros compañeros mutuos de quienes no tenemos muchas noticias y deseamos estar al día en tal aspecto.
Si el chisme conduce a mejorar la comunicación entre las personas y fortalecer las relaciones familiares, de amistad, de trabajo y de pareja, entonces ¡bienvenido sea!
Se dice que el chisme navega entre tres corrientes: la que busca conformar grupos de adeptos, la que persigue influir en los demás y la que procura lograr aliados, según se manipulen la situación y los diversos casos. Aún así, la mayoría de los chismes, a pesar de que algunos pueden resultar benévolos, son un peligro para la reputación de las víctimas, a tal escala que incluso pueden degenerar en violencia contra el atacado a mansalva por la espalda.
Una buena sugerencia es ignorar a los chismosos, pues en la medida en que usted le contesta o deja salir su furia aquel se regodea de alegría, creyéndose victorioso, y luego de que la pus se riega todo cuanto haga o diga puede actuar en contra suya. En muchos casos no aplica eso de que “el que calla, otorga”, pues es preferible el silencio a rebajarse con rastreros que lo único que saben hacer es ensuciar porque ni siquiera la sonrisa tienen pura.
Ahora bien, no hay cosa que moleste más que cuando nos enteramos de que a nuestras espaldas nos están “acabando”. Nos invade una furia tan grande que a veces quisiéramos correr a romperle la boca al chismoso… y con justa razón.
Deje que digan y calumnien, que tarde o temprano la verdad florece y en algún momento los cerebros de los embrutecidos que creen de primera impresión cualquier disparate comenzarán a funcionar y a cuestionar por qué si el motivo está no se actúa con pruebas y si tales existen por qué no se acude a la justicia. Claro, el chismoso, en su perversidad, buscará una salida, que de por sí debe ser también sospechosa, para no acudir donde debe, pues lo que le conviene es seguir mintiendo a través del chisme mientras sus propósitos reales se mantienen ocultos.
Pero aún en los casos extremos mantenga la serenidad y no se deje provocar porque los chismes, chismes son, y usted no cambiará la mentalidad del chismoso y mucho menos de los que le odian regaladamente.
Aténgase a defenderse con el ejemplo de su propia conducta, porque “las palabras son enanas y los hechos son gigantes”, y verá que la calumnia, materia prima del chisme, y el chismoso se meterán el rabito entre las patas y el difamador se convertirá en la burla y será rechazado hasta por su propia familia, no sólo por la falta de credibilidad de éste, sino por toda la basura que brota de su corazón putrefacto.