Si bien se definió entonces que se tratarían de "guerras asimétricas" contra enemigos tipo Al Qaeda y otros grupos irregulares afines, el objetivo final, estratégico, eran China y la Unión Europea. La razón es sencilla: la "vieja Europa" puede desafiar a corto o mediano plazo la hegemonía de Estados Unidos, y China también.
Casi siete años después, las guerras en Afganistán e Irak todavía están humeantes, y se fabrican las condiciones para atacar Irán, país sin armas nucleares, satanizado y convertido por la propaganda de guerra de Washington y sus aliados en una supuesta "amenaza".
La posibilidad de que Estados Unidos, Israel y algún socio europeo utilicen armas nucleares contra Irán, país que no puede tomar represalias equivalentes, es hoy muy probable.
Desde 2002, la administración Bush anunció que podría utilizar bombas atómicas como si fueran armas convencionales, incluso contra países que no
poseen ese tipo de armamento.
La guerra en Afganistán tuvo como objetivo erigir una nueva red de bases militares del Pentágono próximas a las fronteras con Rusia y China.
Todo eso se hizo con la excusa de la "guerra al terrorismo", y el resultado ha sido que Estados Unidos reconfiguró por completo la geografía política de Asia Central.
Lo anterior nos lleva a otro controversial hecho. Con matices, en el marco de la doctrina de "guerra preventiva" de Bush, el Comando Sur ha venido desplegando una estrategia similar en América Latina.
Junto al guerrerista Plan Colombia, Washington diseñó una red de bases militares en la subregión, que tienen como apoyos clave los llamados Centros de Operaciones de Avanzada (FOL, por sus siglas en inglés), instalados en Aruba y Curazao, Comalapa, en El Salvador, y Manta, en el Pacífico ecuatoriano.
Las bases FOL en Aruba y Curazao, a golpe de piedra de Venezuela, país petrolero, y Manta, próxima por vía aérea a Colombia y Bolivia, cumplen funciones similares desde el punto de vista geopolítico militar, a la que históricamente jugó la base de Aviamo, en el norte de Italia, desde donde salieron los bombardeos del Pentágono hacia la ex Yugoslavia y salen hoy rumbo a Afganistán e Irak.
No obstante en la coyuntura, la llegada de un gobierno nacionalista en Ecuador, el de Rafael Correa, obligó a Washington a modificar sus planes de reingeniería militar en América del Sur.
La no renovación del permiso que permite al Pentágono tener su centro operativo aéreo y de espionaje en Manta, ha llevado a buscar nuevos socios de recambio.
En particular, se ha venido hablando de Colombia y Perú. De Colombia, país militarizado por Estados Unidos en los últimos siete años, se dijo que podría albergar una nueva base aérea estadunidense en la Guajira, próxima a la frontera con Venezuela y de la estratégica región del golfo de Maracaibo.
Con respecto a Perú, la posibilidad de que sea construido un aeródromo militar en Ayacucho, zona equidistante de las conflictivas Colombia y Bolivia, fue admitida por el jefe del Ejército, general Edwin Donayre.
Es en ese marco de movimientos geopolíticos y geostratégicos de Washington, que hay que concebir los afanes brasileños en torno a la naciente Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur).
En particular, los intentos del presidente Luiz Inacio Lula da Silva por dotar a ese nuevo bloque de países de un Consejo de Defensa, que sin llegar a constituir a corto plazo una alianza militar convencional, tipo la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), signifique, a futuro, la posibilidad de un esquema defensivo frente al expansionismo de Estados Unidos en la subregión.
*El autor es un reconocido articulista de la prensa mexicana
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