Así lo proclaman los candidatos a puestos electivos, lo prometen los funcionarios recién estrenados, lo apoyan los organismos internacionales y lo reclama la sociedad civil.
Para ello tienen a su disposición normas internas, acuerdos internacionales, jurisdicciones especiales, políticas prioritarias, así como recursos humanos, tecnológicos, económicos y materiales.
Tanto empeño basta para poner de manifiesto lo importante y difícil de la lucha contra un mal que se esparce como un cáncer sobre el tejido social.
Enumerar sus modalidades es toda una tarea ya que su multiplicidad es consustancial a la capacidad humana para el ingenio. No obstante, son apreciables los esfuerzos para crear tipos penales que las describan y prescriban las sanciones correspondientes, supeditadas estas últimas en su aplicación, a dificultades probatorias en una cultura que, tal parece, prefiere voltear la mirada ante tan cruda realidad.
Estudiar el tema es, desde todo punto de vista, fascinante. Nos lleva a conocer conceptos tales como prevaricación, concusión, desfalco, lavado de activos, robo de fondos públicos, estafa, falsificación de documentos públicos, destrucción y ocultación de datos, atentados contra la libertad, cohecho, extorsión, usurpación de funciones, ejercicio ilegal de funciones, tortura, maltrato, encierro ilegal, nepotismo, tráfico de influencias, certificaciones fraudulentas, asignación ilegal de obras y contratos, actos arbitrarios, que juntamente con un largo etcétera integran el conjunto “crímenes y delitos contra la cosa pública”.
Todos tienen en común la falta a la ética; a eso que los latinos denominaban “decentiam” ó “decentem”, que no es más que actuar con respeto a las buenas costumbres ó las convenciones sociales.
A propósito, una de las modalidades de corrupción que se diluye en la maraña de usos contrarios a la decencia, pero no por ello menos dañosa, por aviesa, es la mentira, que es la falta a la verdad.
La verdad, como el sol, es una luz que resplandece.
La mentira trata en vano de ocultar la verdad como la sombra trata inútilmente de ocultar la luz del sol;
La mentira es como el arcoíris: le caben todos los colores.
En realidad es un espejismo hecho para deslumbrar y confundir.
Hay gente que hace carrera en la mentira.
En muchas facetas de su vida, los amarres, los acuerdos y colaboraciones sustituyen el mérito probado.
En lo que una vez se enarboló como principio, el tiempo descubrió una coyuntura.
Lo que ayer fue motivo de abjuración, hoy es reiterada manifestación de fé.
Su desdoblamiento no tiene límites. No desdeñan medios para conseguir el fín.
Descarados, gustan del carnaval; allí hay antifaces a la medida de sus mil caras.
Aunque con disimulo, adoran la farándula que es la profesión de los farsantes.
Son diestros en fingir y buenos cortesanos.
Desprecian a Borges por su conservadurismo y admiran a César Borgia por su capacidad para envenenar.
Olvidan con facilidad para no agradecer.
No tienen amigos, pero sí buenos socios. Todo es cuestión de interés.
Bien pudieran ser testigos de un diálogo en el infierno entre Fouché y Maquiavelo, si es que estos se atrevieran a confiar en el encanto de su sonrisa.
Sobre el fraude y con fraude viven y sobreviven.
Como el fraude, “omnia corrumpit”.
Ya lo dijo Benedetti: Los canallas viven mucho, pero un día se mueren”.
Por eso, para luchar contra la corrupción hace falta una cruzada a favor de la verdad.