Oriunda de La Vega, su vida ha transcurrido en la iglesia; su verdadero nombre es Graciela Gratereaux de Díaz (al nacer su madre leía una novela sobre Ninón de Lenclos, en referencia a Ana de Lenclos, la cortesana más famosa del siglo XVII). Hoy día, no hay un solo recluso que no la conozca y la quiera.
– Estoy interesado, tardíamente, por la labor de Renovación de los Encarcelados (REEN); ¿me gustaría saber más de usted y de las actividades que a diario realizan?
– «En la Renovación de los Encarcelados mi labor comenzó en febrero de 1973. Fue un domingo en la cárcel de La Victoria. Todavía había presos políticos, imagínate. Hacía muchos años que yo había sentido el llamado de Jesús, y estoy leyendo a Mateo 25:31, comprendí que el señor se preocupó por los presos. Medité mucho sobre este versículo que nos dice que Jesús estuvo preso, y fue como una iluminación que se me revelaba: yo necesitaba ir a las cárceles».
«Así que en los próximos días comencé a visitar la cárcel con el padre Marcial Bedoya. Ese mismo primer día, después de la misa, recuerdo que hice la homilía y me dirigí por primera vez a los presos. Yo le hablaba en mi lenguaje sencillo, me puse a hablar con ellos; yo los observaba, dándome cuenta de que estaban ansiosos de ser comprendidos, de ser queridos; y era que todo ser humano tiene ese deseo de Dios, de ser bueno y de ser mejor».
– ¿Algunas impresiones de la cárcel de ese primer contacto?
– «Entre mis primeras impresiones, estando ya en el patio de la cárcel, recuerdo a hombres semidesnudos, sucios, hediondos. Era una cosa espantosa. Fui al patio y saqué un dinerito para dárselo, y ellos cuando me vieron, todos cayeron encima de mí, semidesnudos; yo extendí las manos para que lo cogieran, y me lo arrebataron..., hasta que el padre se puso inquieto y llamó vociferando: «¡que la matan!, ¡que la matan!» Todo el mundo tenía miedo de esa escena, pero yo no tenía miedo. Yo veía en la mirada de esos hombres, la mirada de Jesús pidiendo justicia. En cada uno de esos hombres andrajosos, sucios, asquerosos, yo miraba a Jesús».
– ¿Durmió usted ese día?
– «Yo no dormí aquella noche. Me puse a pensar qué hacer. Porque yo había ido con el padre a acompañarlo ese domingo, pero yo sentía que de allí no me iría más. Así que lo visité al día siguiente y le dije que yo quería formar un grupo de oración. Tal es el nacimiento de REEN. Desde entonces somos su familia, su papá y mamá. Somos todo para los presos».
«Nuestra meta es evangelizarlos; es llegar a ellos, que conozcan que son seres humanos, que hay alguien que los quiere, porque hay entre ellos que no tienen a nadie, porque creen que nadie los quiere, que los desprecian por ser la escoria, pero ellos saben que nosotros sí los queremos».
«En principio, éramos pocos, hoy somos cerca de 400. Nos acompañó siempre la mística de servirle al Señor. Yo por eso le agradezco muchos a los presos; ellos dicen que me agradecen a mí; yo, en cambio, digo que le agradezco a ellos, porque si no fuera por ellos, yo no pudiera servirle al Señor».
– ¿Qué opina usted de los presos?
– «Para mí, un preso es un ser humano, con toda su bondad y todos sus defectos; son personas que no han tenido la oportunidad que hemos tenido tú y yo, de tener un hogar; la oportunidad que se nos ha brindado de tener un ambiente distinto; de tener padres que se preocuparon por nosotros, que nos dieron amor, que nos dieron todo lo que somos».
«Pero la mayoría de ellos son personas que no han tenido nada en la vida, sin quitarle ni una pizca a esta verdad. Esos niños que tú ves durmiendo en cartoncitos y yagüitas en las calles, su corazón se les va endureciendo, y mucho no consiguen más que terminar en una cárcel».
(Mamá Ninón hace una pausa, ser torna reflexiva, levanta los ojos hacia el techo..., y sonríe).
– Pero déjame darte una buena noticia: es cierto que han vivido una vida de desamor, de delincuencia, que han parado en las cárceles, hasta que han conocido a Dios y han nacido de nuevo. Yo tengo muchos testimonios y sé de cosas que los presos me han hablado, de los que han significado sus vidas. La mayoría llegan al penal por falta de amor».
«Usted sabe que lo único que hace al hombre es el amor. Es lo que te lleva, te trae, te forma, te permite ser todo eso que eres y que anhela ser. Por lo tanto, no han tenido hogares, no han tenido padres; muchos de ellos han sido tirados a las calles por sus padres y esos niños se pierden. Así es como un día llegan a las cárceles».
– ¿No le resuelve nuestra Justicia?
– «Nuestra Justicia tiene que cambiar pronto. Hay muchas lagunas, hay muchas cosas que son increíbles. También hay inocentes en las cárceles. En nuestro país, producto de esas redadas –un sistema que está mejorando– llegan un día a ser reclusos».
«Los que están acostumbrados a ellas, esos salen pronto de las cárceles; pero el que viene de su trabajo de visitar la novia, o el que se traslada a otro barrio, muchas veces es a quien agarran. El verdadero se va. Lo más importante es que no haya un sólo inocente. Es decir, que hay mucha gente en las cárceles que son inocentes o llegan allí por una causa inferior».
«Te narro de un caso, de un joven defendido por una muchacha de nuestra organización que tuvo nueve (9) meses presos por una ahuyama. El nos confesó a nosotros después que tenía hambre, vio esa ahuyamita tan bonita en el mercado, la cogió y se fue. Entonces, lo agarraron: ¡Policía, un ladrón, un ladrón!, lo llevaron y terminó preso».
– Las cárceles son, verdaderamente, lugares difíciles. ¿Ha tenido usted muchas frustraciones y satisfacciones?
– «Si. He llorado muchas veces en las cárceles». (Y nos contó una historia).
«Un día, estando por uno de esos pasillos oscuros de La Victoria, me sale al paso un recluso, gritando: ¡Mamá Nipón¡ ¡Mamá Nipón, que allí está muriendo uno! Voy y entro a ver con él, qué es lo que pasa. Yo vengo mirando en las cárceles tantas cosas, cuando veo un muchacho hincado, con los brazos abiertos, exclamando: ¡ay, dame, que te voy a fregar! ¡Ay, por favor, no la vote, ay dame!
– «¿Qué es lo que sucede? –intervine yo».
– «Ay, mamá Ninón, éste sancochó una yuca y unos plátanos y no quiere darme el agua pa’ bebérmela».
«Con la institución misma se han presentado dificultades, pero nosotros, gracias a Dios, hemos ido comprendiendo que las cosas son difíciles para todos. Mis satisfacciones son muchas, y las hemos compartidos muchas veces. Siento enormes ansias de seguir, cuando uno de mis pobres presos ha dejado la cárcel para siempre y ha alcanzado la vida diferente, la vida decente».
– ¿Ha estado en muchos motines?
– «Si. Siempre que se arma un motín ahí estamos nosotros. Recuerdo ahora, en un motín que fue grandísimo, cuando el famoso caso de Danny 45, y sufrí mucho, porque nosotros fuimos a entrar y no nos dejaron. Y fue lo mejor, porque si por el amor nos llevamos, quién sabe lo que hubiera ocurrido con nosotras. Pero las cosas no son así, sino que se debe trabajar de acuerdo a lo que las autoridades crean.
«Recuerdo ese día aún (sólo logré penetrar al patio), porque unos camarógrafos me decían: ¡pero usted es loca! Y los presos inquietos me cargaron, me llevaban para todos lados. Y saqué a muchos enfermos ese día. Ya en la casa, esa misma noche me llamaron personas para decirme lo mismo».
«Pero, lo que más nos entristece es que los motines son cada vez más peligrosos y cobran mayor cantidad de vidas de los reclusos».
– ¿Y sus oraciones por los presos?
– «Le pido al Señor por todos los presos del mundo. Hay un misterio en el Rosario que es la flagelación de Jesús, cuando él fue preso y luego azotado. Yo he hecho eso tan mío, para ellos, que le pido al Señor en mis oraciones, en esta forma: «Señor Jesús, tu fuiste azotado siendo inocente; tú no tenía nada que pagar, porque tú eres hijo de Dios, limpio, puro; ellos, en cambio, son pecadores, delincuentes, pero la misericordia de Jesús es grande. Y yo confío en la misericordia de Dios».
«Le pido al Señor, porque yo sé que ellos están pagando con su cuerpo, con su tiempo, con la falta de libertad. Pero ello no hace que tengan que vivir como viven. Porque ellos están pagando su error; yo sé que han cometido errores, sé que no son santos. Pero también, sé que esos mismos errores que ellos cometen, es la sociedad la que tiene la culpa. Nosotros como sociedad nos preocupamos muy poco de los demás».
– ¿Apoyo, reconocimientos?
– «En realidad, ahora es que nos estamos dando a conocer. Pero no es, en realidad, lo más importante. Sí, si hemos recibido apoyo, pero muy poco. Lo que nosotros queremos es que nos ayuden a nosotros para poder ayudarlos a ellos. El trabajo de REEN ha motivado mucho a la Pastoral Penitenciaria».
«El grupo de Ninón puede desaparecer, según le decía a monseñor Curioni y a monseñor Fabio Fabré, en una ocasión en que nos visitaban, que yo podía morirme este mismo día, pero no la Pastoral Penitenciaria, de manera que nos satisface que el trabajo en favor de los encarcelados no va a desbaratarse».