El mabí era el motivo. Vivía, doña Mecho, junto a un viejo canoso que años más tarde la muchachada del sector descubrió que no era su esposo, sino su hermano que, jamón como ella, había ido a reposar su vida en esa casona de la calle Cambronal, en la Ciudad Nueva de los 70.
Era su residencia un espacio de tranquilidad y sosiego; la paz solo era interrumpida por su hablar insistente. Siempre que íbamos allí, pasado el mediodía, nos esperaba esa señora de cara empolvada, elegantemente vestida y con unos ojos azules y briosos, impactantes.
Tenía doña Mecho dos gatos, su buena compañía para las soledades cuando el mabí estaba caliente. Y unas plantas hermosas en el patio, algo parecido a los patios estrechos y boscosos de La Habana estancada en la nostalgia de los 50. Con ella conversábamos de todo: desde las últimas informaciones sorprendentes del vecindario, hasta los dislocados vaivenes de la política.
Nunca hablábamos de complots ni siquiera de los últimos crímenes de la era balaguerista, no vaya a ser cosa que la indiscreción le jugara una mala partida a los jovenzuelos que por ese tiempo visitábamos la casa.
En la puerta siempre tenían parqueado la camioneta Chevrolet de los 50 en la que don Miguel se buscaba sus pesos, ocasionalmente y sin la premura del que aspira a tener bienes materiales.
Dos mecedoras viejas, confortables, servían a los contertulios y las escalinatas raídas de gradas a los que llevaban de último.
Era doña Mecho muy feliz junto a su hermano, y le hacía la vida feliz al vecindario. Su voz chillona, de dulzuras expulsadas por sus labios, condimentaba las tardes frescas de la calle Cambronal y hacía menos tensa la vida de aquellos 12 años infernales.
En estos días soñé con ella, no sé por qué; pero recordé aquellos años en que no había complicaciones, en que soñaban con el paraíso social, con que nuestras madres no afanaran tanto para el sustento y que prevaleciera la sonrisa sobre los pesares.
Doña Mecho le rindió honores a Ciudad Nueva, con la venta del mabí más bueno del mundo, el combate al tedio con las conversaciones de la tarde y la bondad de sus palabras, siempre dulces y nunca para herir.
Van a doña Mecho mis plegarias de paz, donde quiera que la tenga el Señor.
Comentarios de los Lectores : |
Me acuerda la pupería de Prieto Ureña, en San Víctor, Moca Por José Bautista, santo domingo Hola mi hermano Pedro, lo que describe de Doña Mecho es una crónica que me recuerda mucho la pulpería de Prieto Ureña, un señor laborioso junto a su esposa María, quienes eran compadres de mi padre y quienes murieron hace un buen tiempo.Pero lo del mabí me llama mucho la atención, pues en la pulpería de Prieto, que Dios lo tenga en gloria nos reuníamos los muchachos de mi generación cuando íbamos a la escuela y al liceo, pues en ese negocio preparaban unos mabí naturales de limón, tamarindo, naranja, cerezas y otras frutas que era para lamberse de los dedos.Además, Pedro también una torta de maíz ríquisima y lo degustábamos en los banquitos de la pulpería antes de ir a clase
Para Doña Mecho bendiciones donde quiera que estás.
Saludos Pedrito....
 Nos acordamos de Dona Mecho Por Dona Mecho, Santo Domingo Pelin. Yo me acuerdo de Dona Mecho. Me acuerdo de ella y siento el sabor de su Mabi en la boca. Yo vendia algunas botellas donde Dario para ir a beberme un Mabi a esa casa, donde me sentaba en la mecedora, oia los "oh oh" de Dona Mecho y la maquina de cocer del "Sastre" en el cuartico vecino, que ella le tenia alquilado. Dona Mecho fue un emblema en la ciudad nueva de aquellos tiempos.  Un piropo para Pedro. Por Milagros de Féliz, Santiago, R. D. Leyendo bien lo que escribes, debo repetirte que me encantan tus escritos y notas. El Señor mantenga en ti la habilidad para escribir cosas tan cotidianas como el mabí y que Dios mantenga intacto ese corazón tamaño familiar, como las pizzas, para las amigas que como yo te admiramos sinceramente. Sigue escribiendo tus sueños, Pedro, y mantén a flor de piel la generosidad que te caracteriza.  Un monumento a Doña Mecho... Por Milagros de Féliz, Santiago, R. D. Indudablemente, Pedro, siempre hay una casa dulce en los barrios, que con el melao del mabí o con la sonrisa de los dueños, nos invitan a pasar momentos de paz y sosiego. Sin embargo, hay casas que nadie visita sobre todo, esas que tienen una verja por las nubes y que abren lentamente con un motorcito a control remoto y apenas se nota que detrás de ella vive algún difunto en su bóveda. Los propietarios de esos “motorcitos” envían una señal de abundancia y prestancia para muchos en la sociedad y para los que nos criamos en libertad, significa que los que habitan esas casas están muertos y no se han dado cuenta. Que viva Doña Mecho y sus chillidos; estas son las historias que nos quedan con agradable sabor y que nos asaltan en sueños. ¡Un monumento a Doña Mecho! 
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