En respuesta a su desconcierto, el público reía. Pero al tiempo de reír, se esparcía por la sala una emoción paralela llena de dulzura, lástima y simpatía. Y de la conjunción de esos sentimientos –risa y emoción-, resultó uno de los éxitos artísticos de más unánime aplauso en el cine de habla hispana.
Luis Sandrini (1905-1980) nació y se crió en un barrio de Buenos Aires. Hijo de un retirado artista de circo y con un hermano mayor amante del teatro, quizás ello explique su temprana inclinación por la escena, por el alocado mundo de la farándula.
Inclinación que se convertirá muy pronto en pasión y le llevará, más adelante, ante la encrucijada de hacerse maestro, como era el deseo de sus padres. O de encaminar sus pasos hacia el universo de las candilejas.
Triunfó lo segundo con el consiguiente disgusto familiar. De nada valen las caras serias. De nada valen ruegos y súplicas. Sandrini decide ganarse la vida en el ámbito teatral. Cosa que no consigue de inmediato, pues antes pasa algún tiempo en un circo.
Las primeras actuaciones las realiza en humildes carpas de barrio y en etapa posterior hace giras al interior del país. Pero como de inmediato gusta y se le ve futuro, el director Elías Alippi repara en él y lo incorpora a una compañía teatral de sólido prestigio.
Debutó en el cine en el filme Tango, de Luis Moglia, primer largometraje sonoro producido en Argentina. Película musical en la que los intérpretes más populares de las melodías del país mostraban sus condiciones para la canción y algunos, también, para la actuación.
En la cinta figuraban, entre otros, Tita Merello, Libertad Lamarque, Alberto Gómez, Azucena Maizani y Pepe Arias. Cinta, por cierto, con la que arranca el sello Argentina Sono Film, sociedad fundada por el empresario Angel Mentaste, un antiguo vendedor de vinos.
Como se sabe, la película que le vale a Sandrini convertirse en importante figura del cine es Los tres berretines, de Enrique Susini, adaptación de una obra teatral en la que él, precisamente, había intervenido con gran éxito.
La pieza tenía varios atractivos asociados con los "berretines" (el tango, el fútbol y el cine). Y no era otra cosa que la idea de la familia, con padres y abuelos, hermanos y personajes que incorporaban la vida de la calle a la del patio de la querida casa.
En la obra, Sandrini tenía un pequeño papel. Pero su habilidad y simpatía lo transformó en una de las bases del éxito que tuvo esa temporada. Representaba a un fanático del fútbol que, mientras hablaba y hablaba apasionadamente, chupaba una naranja. Y agradó tanto el personaje, que desde ese momento quedó establecido como primer actor de enorme prestigio popular.
Había creado el personaje y poco a poco fue definiéndolo con perfiles más netos. Productores y realizadores comprendieron pronto cuáles eran sus inquietudes. De qué modo sentía el tipo elegido. Y cuánta era la abundancia emocional de aquella veta inagotable de sentimientos generosos, manifestados con humildad y sencillez.
De esta manera, Sandrini se convierte en uno de los pocos cómicos dueño de una personalidad. Creador de un tipo que subsiste durante años y es capaz de moverse en diversos ambientes y dispares situaciones. Siendo siempre él. Y siendo, asimismo, distinto en otros aspectos.
Luego vino una década de intenso trabajo que robusteció su fama. Son los años de Riachuelo, de Luis Moglia. La muchacha de abordo, de Manuel Romero, un hombre que había dirigido en los estudios franceses de Joinvile. El canillita y la dama, de Luis César Amadori. Y Chingolo, de Lucas Demare, realizador que destacará después dentro de una serie de cineastas mediocres con la vista puesta únicamente en la comercialidad.
Durante ese lapso, superó incluso un obstáculo muchas veces insalvable: a pesar del localismo inevitable de sus películas, lograba llegar a todos los públicos. Expresiones suyas, típicamente argentinas, conseguían adquirir carta de ciudadanía en otras latitudes. Como ocurrió, por ejemplo, con una filosófica frase suya, repetida una y otra vez y que sirvió de título a una película suya: "Mientras el cuerpo aguante...".
En distintas ocasiones filmó fuera de su patria. Así, en México, hizo películas como El ladrón, de Julio Bracho, y El baño de Afrodita, de Tito Davison. En España, Olé, torero, de Benito Perojo. Y en Chile, El diamante del maharajá, de Roberto de Ribón, entre otras.
Al regreso de uno de esos viajes, volvió a su viejo amor del teatro, y reapareció como protagonista en la obra Cuando los duendes cazan perdices, del uruguayo Orlando Aldama.
En esa oportunidad, Sandrini no sólo superó sus anteriores éxitos, sino que, además, se convirtió en un fenómeno sin precedentes en la historia del teatro argentino. El espectáculo recaudó más de un millón de pesos en 1949. Y ocho millones durante cuatro temporadas consecutivas en el teatro más grande de Buenos Aires, en aquellos momentos.
Luis Sandrini hacía reír humanizando la broma sin llegar a la caricatura. Más sentimental que cómica, su línea era sensible, sencilla y llena de compasión.
"Hice en el escenario lo que aprendí en las esquinas del barrio", la gustaba decir.
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