Rumbo al prometido progreso, que no desarrollo, hemos visto desfilar un cúmulo inmenso de obras que van delineando nuevas fisonomías para todo cuanto toque la modernidad.
Hemos visto desaparecer arrabales, trocándose por edificios multifamiliares, plazas comerciales, túneles, elevados y ahora por el Metro, lo cual, muy a pesar de las disidencias, redunda en tangibles logros que relanzan la esperanza en el futuro.
Con la desaparición de los tres grandes caudillos de la política vernácula (Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez) asistimos a un cambio de escenario en la conformación del neoliderazgo coloquial, aunque de escasa posibilidad expansiva, por su naturaleza coyuntural (algo así como “peor es nada”) y proyectándose, con minúsculas excepciones, al descalabro moral total, sino surge un Chapulín.
Las instituciones se ubican en establecimientos funcionales y vanguardistas, esforzándose también en acarrear su dinamización y avance, lo que, por desgracia, cuando no se queda a medias, sus conquistas realmente no se reflejan en mejoría para la población, aunque sí en el modus vivendi de los incumbentes.
Vemos con impotencia cómo se premia y aupa la mediocridad, presentándonos a verdaderos zoquetes cual modelos idóneos que sólo justifican su vigencia ante un interés perverso por embrutecer a definidos sectores poblacionales.
Para no contribuir con su farandulismo y apego a los penosos aplausos que genera su populacherismo, ignorar tales lacras sociales es lo saludable para quienes deseamos crecer en los puntos esenciales de la vida.
Causa escozor observar que el mal gusto se apropia de la presente generación cuando de música popular se trata, un fenómeno dirigido por los mismos que se benefician ”de la máquina de cortar tontos”.
Seudoartistas a diestra y siniestra, exhibiéndose cual genios cuyo ”arte” fue marginado por los que no entendían su talento superior, reivindicador de causas nobles que coadyuvan a la prosperidad intelectual de sus devotos.
Ayer nos representaban con dignidad genuinos artistas, que no avergozaban la dominicanidad con propuestas ridículas ni versiones hazmerreír de canciones bien logradas y mejor orquestadas e interpretadas.
Hoy podemos contar con los dedos de una mano cuáles artistas nos hacen sentir orgullosos porque su talento y sus planteamientos merecen elogios de personas pensantes y no de insípidos aduladores.
Ayer se consolidaba un liderazgo cimentado en el conocimiento, solidez de formación, la objetividad del discurso, la integridad que se tomaba como ejemplo a seguir, la visión general de la realidad y el enfoque futurista que, entre otras premises, constituían puntales atractivos con cuya magia obtenían prestigio y popularidad.
Hoy basta con dar lo ajeno u ofrecer lo que no se tiene para creerse líder, mientras los incautos, fanáticos y beneficiaries del derroche tratan de defender lo indefendible.
Ayer lo que hacía el contrario era poco menos que una imposición diabólica, pero porque ya no es de aquellos la misma decisión, ahora es un regalo divino. Un camaleónico y repugnante rejuego de autoconvenicncia por arrear juntos y reburujados similares ritos.
Ayer rebosaba el crisol de la competencia de calidad y diversidad. Hoy un montón de desafinados asaltando el gusto de los que nunca cuestionan, para colmo con pretenciones de Luciano Pavarotti e ínfulas de John Lennon. A la hora de dictaminar los aportes, mucha espuma y poco chocolate.
Hemos retrocedido, a tal grado que nuestro prestigio (que no popularidad) a nivel internacional se reduce a Juan Luis Guerra y 4-40, Michel Camilo, José Antonio Molina (aunque más en el plano sinfónico), Aventura, el dúo Monchy & Alexandra, José Alberto (El Canario), Milly Quezada, Eddy Herrera y Rubby Pérez.
Se ha ido replegando, por falta de constancia o de grabaciones impactantes, el lugar alcanzado por Chichí Peralta & Son Familia, Ilegales, Sergio Vargas, Los Hermanos Rosario, Wilfrido Vargas, Fernando Villalona…
Y no me hablen de relevo, porque lo bueno no debe sustituirse con mugre, por muy novedosa que sea.
Ayer transportaban la dominicanidad a diversos escenarios americanos y europeos, con un puñado de interesantes merengues en carpeta y brindándonos la sastisfacción de representarnos con decorosa calidad: Johnny Ventura, Wilfrido Vargas, Fernando Villalona, Alex Bueno Miriam Cruz & Las Chic’án, La Gran Manzana, Yuli Mateo (Rasputín), Ramón Orlando &
Orquesta Internacional, Cuco Valoy y La Tríbu, Altamira Banda Show, The New York Band, Dioni Fernández & El Equipo, Sergio Vargas, Los Hijos del Rey, Sandy Reyes, Ilegales (con merenhouse) y con un merengue callejero, pero decente, Pochi Familia y su Coco Band.
Nuestros merengueros se presentaban en auditorios famosos y respetados, obteniendo galardones en muchos de esos lugares y cosechando éxitos reales entre nacionales de aquellos países.
El maestro Johnny Pacheco, Charytín Goico, Yolanda Duke y Angela Carrasco son casos aparte, pero que también nos inflaron el nacionalismo.
No es lo mismo viajar a un paquete de lugares y actuar en cuchitriles y antros, frente a un grupito de nuestros compatriotas, que hacerlo ante un público de diversas nacionalidades en estadios, plazas de toros, teatros nacionales y otros aforos que son los que realmente prestigian a los artistas.
Nadie se imagina al grupo |Aventura ni a Juan Luis Guerra & 4-40 actuando en una discotequita de patio sólo por ganarse unos dólares. Sin embargo, usted ve a cada momento a otros que no se limitan a buscarse la comida, que no es algo censurable, sino el que salgan por ahí a vociferar que son lo que sueñan ser y que reventaron un local que hasta una docena de asistentes atestaría.
Hoy tenemos un fardo de grupos musicales que entran y salen con regularidad, pero no precisamente para realizar una labor de trascendencia, aunque algunos se obsesionen en afirmar que ”pusieron el país en alto”.
Curiosamente, lo que nunca llega ni traen esas agrupaciones son reportes noticiosos que demuestren que sus presentaciones important, que su presencia en aquellos lares no pasa desapercibida para la prensa, la radio y la television. Y carecen de tales requisitos simplemente porque ningún medio que se respete dimensionará un artista que oferta simple rutina.
Por eso a estas fechas ya nadie recuerda un montón de cantantes, conjuntos y orquestas que sólo buscaban sonar en la radio con el propósito intrínseco de practicar la masticación.
La diferencia entre un gran artista y otro de la caterva es que el primero trabaja para que su obra permanezca en el tiempo, trascienda y le reporte prestigio, en tanto ganar dinero es la prioridad del segundo. Algunos logran sumar riqueza, pero nunca clase.
La popularidad se obtiene con cualquier disparate musical; el prestigio con una trayectoria de buenas creaciones. Por eso, y por la indulgencia de nuestra gente, cualquier impostor se hace popular, pero no así se cualquieriza el prestigio. La popularidad brinda muchos aplausos; el prestigio garantiza respeto. Por eso, la popularidad se pierde, pero el prestigio casi nunca.
La inversion de valores puede confundir hasta determinado nivel, pero se le torna imposible usurpar ciertos peldaños reservados exclusivamente para la verdad.
Así las cosas, no siempre van de la mano popularidad y prestigio. Muchos alcanzan una categoría, pero cojean de la otra y poquísimos pueden lucir ambas.
El que pasa por pasar se conforma sólo con dinero y hasta llega creer que éste lo compra todo. No se sorprenda si alguna vez se topa por ahí con alguno, preguntando en un colmado, farmacia o ferretería, cuánto cuesta un galón o un kilo de prestigio.