Desde siempre, los dominicanos hemos pasado las de Caín (y una considerable porción de las de Abel) para poder trasladarnos de un lugar a otro. Muchos pies se fletaron de callosidades por el abusivo kilometraje y la posterior conformación de cachazas capaces de doblar tornillos y puntillas, con cero peligro, y no dudo que como Tarzán y su inseparable y suspicaz compañía (la mona Chita) se trepaba de un árbol a otro, de tal modo iniciara el proceso de descomposición choferil en las vías públicas.
Pero no soslayemos ni desdeñemos los primigenios medios de transporte, dado que con los excesivos precios de los combustibles y los pasajes es muy probable que pronto debamos ensayar volver a descuartizar nuestros zapatos, tennis, chancletas y los pies mismos recorriendo largos y tediosos trayectos.
Ah, eso sí, cuando salgan de circulación tantas chatarras y el número de vehículos se reduzca a una exigua y ridícula cantidad, que a nadie se le ocurra, para compensar la drástica reducción de ingresos, oficiales, presentar un proyecto de ley tendente a multar a los peatones por infracciones de circulación (entiéndase choques entre caminantes, tropezones, empujones) o mal estacionamiento en las aceras (interpretado al libre albedrío de los agentes del orden).
Los burros y caballos vivieron sus propias penurias en la génesis de la locomoción, ya como tales o tirando de carretas, pero al fin y al cabo explotados con crueldad y saña por sus jinetes, práctica que se mantiene, aunque con cierto relevo ciclístico y del motoconchísmo.
Pero no hace muchos años algún genio tuvo la desafortunada idea de comercializar a los nobles equinos como furtivos ingredientes cárnicos del salchichón y el salami. Entonces surgiría, supongo, la encrucijada de cuál variante sería más rentable para sus propietarios.
Entonces llegaron ellos, los primeros autos, que se encopetaron de inmediato, pues tener una de aquellas naves rodantes era sinónimo de poder, de estatus, señorío, tutumpotismo… en fín, que no difiere mucho de la actualidad, sólo que ahora privilegian el año, la marca, el modelo y, máxime, el precio.
Los camiones, camionetas y motonetas estaban exclusivamente destinados al trasiego de rubros agrícolas y al comercio en general, en tanto los carros a transportar pasajeros. Eran los tiempos en que un motor era sólo para el motorista.
Pero el progreso trae consigo una serie de vicios corrompen las simientes de la sociedad en su conjunto y no podía escapar el tránsito vehicular, en su vertiente denominada “concho”. Supongo que el peyorativo nombre sobrevino por una expresión similar de un usuario disgustado por el atroz estado de algún casacarón de Austin, Rambler, Chevrolet u otros de los ejemplares afiliados a la Unión Nacional de Choferes Sindicalizados (UNACHOSIN) en los fatídicos 12 Años aquellos.
Las vicisitudes de los usuarios del transporte son dignas de un estudio sociológico que desmenuce sus intríngulis, en especial los padecimientos de la indefen sa población quea diario procura este servicio.
Resulta que nada puede ser tan malo que no encierre algo de bueno y se me ocurre clasificar ciertos vericuetos de la dinámica peatonal-choferil, no para tirarle la toalla al cuestionable sistema, sino para darle un espaldarazo a que mantengamos actitudes positivas incluso ante lo adverso.
Inviertes un tiempo invaluable preparándote para salir lo mejor presentable posible hacia tu centro de estudios o de trabajo, pero pierdes todo garbo al tratar de cruzar las calles o avenidas (donde no disponen de puentes peatonales) porque debes asumir un rol en aquel marasmo de “sálvese quien pueda” y poner de relieve tus autodesconocidas dotes acrobáticas para evitar ser atropellado.
Tras sortear el primer escollo, como siempre sucede en las denominadas “horas pico”, viene la odisea de tomar una guagua o carro de concho y aquí se destapa un carnaval de crujías, pues viajas apabullado como sardina enlatada, parado, a veces con las descuidadas axilas de los enemigos del desodorante agrediendo tus fosas nasales, en cuclillas como todo un mago de la receptoría beisbolística, agarrándote de los asientos o de un largo tubo metálico o haciendo malabares para esquivar carteristas, descuidistas y uno que otro pervertido sexual.
El caso es que a quienes nos toca subir a una guagua o un carro de concho debemos lidiar con una serie de detalles que a primera vista causan risa, pero que debería ser pánico porque ponemos en riesgo nuestras vidas, nuestras ropas, nuestra tranquilidad espiritual, nuestra educación, nuestra integridad moral, nuestras carteras y tantas cosas más.
Admirables son las habilidades y la fortaleza de los que viajan enganchados en las puertas de los autobuses. Es más, con un tratamiento como ese hasta un enclenque desarrollaría unos voluminosos biceps y triceps. Pero también se debe contar con muy buenos muslos, pantorrillas, tobillos y rodillas porque cuando abordas un autobus de inmediato arrancan sin que te hayas acomodado y cuando llegas a tu parada prácticamente te tiran para ellos seguir con su bulimia de montar a todos los peatones en demencial carrera con sus competidores
La capacidad de contornearse dentro de esos vehículos de concho para que nos “acomodemos” (vaya paradoja) y quepamos entre cuatro y cinco pasajeros, según se viaje en bus o carro, con mayor penuria en las “guaguas voladoras”, por más pequeñas y porque tienen un asiento pensado para un pequeño, pero ahí nos acotejan, en ese mismito que deja un espacio de abertura en que debemos ubicar nuestras asentaderas con engorrosas consecuencias para los del sexo masculino.
Asimismo, asombra la capacidad de aguante, reflejada en sorportar asientos sin colchas, sucios, rotos y con los resortes martillándonos el “huesito de la contentura”. Ojalá que todo cambie cuando empecemos a desplazarnos en el Metro y que no fluyan los instintos de usuarios del deprimente concho como conducto para desahogar tantas décadas de maltrato.
Los pobres viajamos mal, más que por necesidad, por ineficiencia e irresponsabilidad oficial, pues así nos tienen obligados en un populista y perverso contubernio con los sindicatos de choferes, que más bien son de arrabalizadores de la ciudad.
Y ni hablar de los factores psicológicos: choferes que son potenciales o reales psicópatas al volante, con cobradores no mejor calificados que van por esas vías llevándose al mundo por delante o como “los dueños del país”.
Apena y avergüenza como se vociferan impúdicos improperios y amenazas unos a otros por llegar primero o por tomar un transeúnte. El lenguaraje soez y destemplado de muchos de los “sufridos obreros del volante” y sus cobradores, a lo que se añaden ciertos pasajeros que convierten la travesía en un estercolero.
Profundizar en asuntos de huelgas y conductores piratas es zambullirse en un vertedero: agresiones con piedras, punzones, puñales, armas de fuego… Cuando hay paros choferiles parece que no hay autoridad. Ellos se abrogan el derecho de agredir a todo el que ose transportar pasajeros, pero si le aplican las leyes arguyen que el gobierno es represivo, que no respeta, precisamente, los derechos que ellos irrespetan a los demás, desvirtuando con sus transgresiones el alma de sus reivindicaciones.
Hay ocasiones en que ante tantas imprudencias, desaprensiones, violaciones a las señalizaciones y semáforos y otras menudencias pienso que ciertos choferes tomaron entrenamiento terrorista. Y en este último renglón caben perfectamente muchos mensajeros, deliverys y motoconchistas que son en gran proporción suicidas, razón por la cual el pueblo dice que cada uno es un “muertorista” o “muertorita”.
En definitiva, gracias al concho y al transporte colectivo, los microbuses o guaguas voladoras, minibuses y autobuses, los dominicanos hemos debido asumir el yugo de un servicio pésimo por el que debemos pagar pasajes indefinidos, pues los choferes, aparte de que recortan las rutas, dividiéndolas en varias porciones para obligarnos a pagar dos y tres veces por el equivalente a un solo recorrido, también se confabulan para en esa misma fragmentación aumentarle de tres a cinco pesos a lo que antes era la ruta completa.
Se aprovechan de la necesidad urgente que tenemos de arribar a nuestros destinos y por eso abusan. Eso sí, el gobierno tiene gran parte de la culpa por ceder al chantaje de los sindicalistas o mejor dicho empresarios del transporte, todo por clientelismo y politiquería de bagatela y el descaro con que siempre actúan esos oportunistas.
En síntesis, entiendo que tanto la Secretaría de Estado de Deportes como el Comité Olímpico Dominicano o las federaciones de rigor deberían asomar la vista al entrenamiento cotidiano de los peatones para que desarrollen algún programa tendente a identificar y captar a nuestros mejores atletas en las interminables filas de usuarios del transporte colectivo que se agolpan en nuestras esquinas de las calles y avenidas.
Ahora, ¡corre que te deja la guagua!