Las improvisadas peñas servían de terapia para combatir las tensiones que conlleva grabar cualquier producción. Los conterturlios ocasionales nunca programamos reunirnos para eso, era todo expontáneo y bien podía ser en la misma cabina de grabación, entre la llegada de un instrumentista y otro, como en el parqueo, la cafetería o el lobby del estudio.
Constituían un coctel de conciencia y sabiduría proporcionadas por el talento y la experiencia.
Desde entonces alimentan mi alma las charlas musicales que sostengo con mis respetados amigos Jorge Taveras, Eugenio Vanderhorst, Crispín Fernández, Maridalia Hernández, Herodys y Junior Ureña, Papín Cordero, Rafael (Cholo) Brenes, Manuel Tejada, Joan Minaya, Palmer Hernández, Nelson Morel, Roberto Olea, Juan y Freddy Valdez, Dioni Fernández, Ramón Orlando, Nelson Eddy…
Rememoro todo eso porque en días recientes gocé muchísimo conversando con mis amigos Charlie Núñez, Papín Cordero y Bernardo Batista como empedernidos cinéfilos y por vía de consecuencia realicé un viaje inmediato a mi niñez.
Aprendí amar el cine gracias a mis padres y mis hermanos mayores, por eso todavía mi memoria retrata momentos en
que mi madre me llevaba, junto a mi hermano menor,
Aquiles, a disfrutar las emocionantes tandas vermouth y los matinees del querido Teatro Estela, ubicado en lavenida Duarte, justo donde hoy está una popular plaza comercial.
Aquella majestuosa estructura, junto al hoy Parque Enriquillo, fue un caprichoso tributo del sátrapa Rafael Leonidas Trujillo a su madre, Julia Molina, por ese ridículo afán de identificarlo todo con su nombre o el de sus familiares. Tal megalomanía tenía su epicentro en que el “perínclito” creía que el país era una finca de su propiedad, aunque, con toda justicia, las obras trujillistas que permanecen llevan otros nombres.
Me niego a sacar de mis gratas remembranzas infantiles las aventuras de James Bond, Blue Demond y El Santo, Cantinflas, Tin Tan, Ringo, Kalimán, Shazán, Yango… Es más, todavía siento que le debemos algo a Sean Connery, Lee Van Cliff, Clint Eastwood, Mauricio Garcés y tantos otros que “arriesgaron sus vidas” para salvarnos de los monstruos y malvados más inverosímiles y peligrosos.
Eran tiempos de quipes, pastelitos, friquitaquis y frío frío, que no de Milk Away, refrescos y palomitas de maíz, pues eso estaba vedado para los bolsillos barriales y casi exclusivamente destinado a los cines de las familias pudientes..
Me visto de nostalgia y otra vez encuentro a dos señores que a finales de los años 60 y principios de los 70 pintaban los carteles de películas en exhibición o próximo a estrenarse, sin que mi curiosidad infantil, aún maravillado por la destreza de ambos, revelara el privilegio de ver a dos artistas de inmenso talento y de quienes hoy todos nos enorgullecemos por la trascendencia de sus obras: Cándido Bidó y Ramón Oviedo, ¡salve, maestros!
Pero el progreso arrancó de raíz aquellos cines, algunos de quehacer maltrecho, y convirtió en recuerdos esa etapa romántica que los cinéfilos dominicanos nunca olvidaremos. Fue así como las salas frecuentadas por la clase acomodada se trocaron en gif shop el Cine Capitolio (en la calle Arzobispo Meriño), en Telemicro el Independencia (frente al histórico parque del mismo nombre), en estudio de television el Olimpia (en la calle Palo Hincado), en Telecentro el Leonor (Avenida Pasteur), en parqueo el Santomé (calle Arzobispo Nouel), en almacén el Rialto (Avenida Duarte) y el Triple (Avenida George Washington) en aún proyectada plaza comercial.
En las instalaciones de los recordados autocinemas Iris (en La Feria) y Naco hoy funcionan la empresa Refrescos Nacionales y Plaza Naco, local que redujo al romántico celuloide naqueño a su minima potencia hasta extinguirse como Cine Naco en un voraz incendio y en un santiamén resurgir como pizzería o panadería. También desapareció para siempre el Autocinema Jaqueline, que se alternaba con Divertilandia y funcionaba en la Carretera Sánchez.
Lo que se estableció también en la Carretera Sánchez como Cine El Portal, ahora es una tienda de la plaza homónima y el Lumiere, en la frontera de la Avenida Independencia y la referida autopista, es parte de una clínica.
Por el mismo efecto, el Cine Plaza, levantado en la Avenida Tiradentes, por arte de magia se hizo heladería y su par Los Prados, situado en la Avenida Núñez de Cáceres, en un negocio de vender medicina. De todos, sólo ha sobrevivido Cinema Centro, en el malecón de la capital, El Millón, que se permutó en ISSFAPOL, en tanto agoniza El Palacio del Cine en la Avenida 27 de Febrero.
Los cines de la clase media baja también sufrieron su propia metamorfosis y así el Lux, antiguo Fénix, ubicado en la entonces Avenida Tte. Amado García Guerrero, hoy creo que es una gasolinera, un combo de tienditas el Petit, instalado en la Avenida Venezuela, templos religiosos el Diana y el Max y el Doble se transformó en restaurant chino. Estos tres últimos habilitados en la Avenida Duarte.
Cada barrio tenía su cine, a la medida de los bolsillos de sus pobladores, y en instalaciones desprovistas de comodidades y glamour, existían el Coliseo Brugal, hoy La Gran Vía, y el Atenas, ahora una terminal de autobuses que viajan al interior del país, en Villa Francisca, que sumaba también al Estela, Max, Diana, Doble y luego al Triple Nacional y en la parte trasera del denominado Huacalito aún podemos ver la pantalla de lo que fue el Cine Siboney usado como terminal de guaguas y/o parqueo, mientras que un depósito de libros viejos y viviendas ahora es el Balani, en la hoy Avenida 27 de Febrero. En la calle José Martí próximo a la París había un cine que devoró un fuego y aún podemos ver el cascarón de lo que fue. Sin duda, Villa Francisca ha sido el sector con más cines en toda nuestra historia.
San Carlos contaba con el cine del mismo nombre, sito en la calle Abréu, y el Trianón, en la Avenida Tte. Amado García Guerrero, en cuyos terrenos yacen multifamiliares.
Estaban los llamados “miaítos”, que adquirieron su nombre precisamente porque la higiene nunca fue una de sus cualidades y entre ellos sobresalían los ya señalados Atenas, Coliseo Brugal y Siboney; se sumaban el Popular, (en Cristo Rey), en Los Mina laboraban los cines Ana, con asiento en la calle Presidente Estrella Ureña, que hoy es una envasadora de gas , y Duarte, actual plaza commercial.
En la calle Albert Thomas, en el Ensanche Luperón, quedaba el Cinzano, hoy un parqueo, pero donde vimos tantos “dobletes”, siempre que la represiva policía de los repudiados 12 Años del balaguerismo nos lo permitía.
Villa Consuelo contaba con el Marlboro, en la actualidad parte del parqueo de un supermercado; Villa María tenía el Montecarlo, en la Avenida Duarte, frente al Estadio de La Normal, y en la calle 20 de Villas Agrícolas funcionaba el Ketty, donde creo haber visto un negocio de comida.
No puedo pasar por alto dos expresiones del raquitismo visual que habría que dilucidar si sus acólitos eran amantes del cine o simples fanáticos del morbo: Lido y Apolo, en la Avenida Mella, donde creo que ambos locales tienen un mejor destino.
El modernismo no sólo se llevó todos esos espacios para la proyección del séptimo arte, sino que también, en un quejumbroso requiem por el cine romántico y fruto del inmediatismo y la inseguridad que nos acogotan, estamos prefiriendo ver añejos filmes para disfrutarlos en nuestras casas, aún sin refrescos, pop corn ni Milk Away.