Hay que aprender día tras día que nacimos para vivir en sociedad y que, por ende, nuestra meta debe ser colaborar, ayudar, solidarizarnos y estar siempre prestos a servir a los demás cuando nos necesiten. Sin embargo, en la misma medida, debemos mentalizarnos para solicitar que nos ayuden, pues ninguno de nosotros es autosuficiente en todas las materias que nos propone la existencia para convivir con todo el mundo.
En nuestra cotidianidad aparecen personas negativas, de esas que le amargan el día y toda la existencia a cualquiera, que se creen infalibles, omnipotentes y superdotados, dejando muy claro que no son más que indigentes mentales, seres que requieren de todo el vecindario que le arrimemos el hombro, pero que por testarudez e ignorancia prefieren seguir pasando vergüenza antes que dar el crédito a la cooperación de que se valió para dar un paso al frente.
Que fulanito, sutano, mengano o sutanejo, con sus respectivas contrapartes femeninas, canten mejor o peor, ganen más o menos dinero, reciban uno que otro tributo por merecimientos, payola o lo que sea, genera una oleada de comentarios a favor de unos y/o en contra de otros, muchas veces salpicados por la cícuta que desparrama el envidioso. El escritor francés Jean de la Bruyere (1645-1696) dijo que la envidia y el odio van siempre unidos y que se fortalecen recíprocamente por el hecho de perseguir el mismo objeto.
La envidia, esa venenosa compañera que lleva a sus practicantes a pretender ensuciar la honra de quienes adversan, brota por los poros, los ojos, que no siempre la mirada, y la mueca que por sonrisa esbozan. El filósofo grecolatino Epicteto de Frigia (50-135) etiquetó la envidia como el adversario de los más afortunados.
El envidioso se obsesiona hasta enfermarse por el triunfo ajeno, tanto como es infeliz por la felicidad de otras personas. No en vano se le define como la tristeza por el bien ajeno y el filósofo y estadista británico Sir Francis Bacon (1561-1626) definió la envidia como el gusano roedor del mérito y de la gloria.
Observando con detenimiento lo anterior concluimos que no es raro que el envidioso invente sus ponzoñosos argumentos y en medio de una charla de amigos los lance mientras se marcha dejando el fétido contenido de sus elucubraciones para embarrar de aquello mismo tanto el momento ameno como el alma de quienes le concedan credibilidad.
“Si hubiera un solo hombre inmortal sería asesinado por los envidiosos”, contundentes palabras del humorista gráfico y escritor español Chumy Chúmez (1927-2003) que revelan la peligrosidad de los que anidan este lastimoso sentimiento.
Cuánta razón sumó el escritor español Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) cuando expresó que “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come” y en tal sentido su compatriota y colega Miguel de Unamuno (1864-1936) indicó que “la envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”.
La envidia se viste de muchas maneras entre sus fanáticos, incluso de falsos elogios y adulonería cuando el objetivo perseguido es hacerse el potable o el solidario, pero a los que traiciona tarde o temprano el subconsciente y la verdadera intención sale a flote.
Como no puede alcanzar ni superar a su envidiado, lo denostan, trata de enlodar su moral o prestigio, porque es la forma en que ese adorador del imbecilismo siente que logra desplazarlo y las lacras de que se nutren aplauden por el ficticio triunfo. Es que la envidia tiene doble vía: desear lo que otro tiene y compararse con los demás, lo que en lugar de ayudarlo a crecer le dificulta el camino a conseguir lo envidiado. Con admirable tino el emperador francés Napoleón Bonaparte (1769-1821) afirmó que “la envidia es una declaración de inferioridad”.
El envidioso abunda en todos los ámbitos e instituciones sociales, disfrazándose de manso corderito y ocultando el asqueroso demonio que lleva muy dentro. No es necesariamente ladrón, pero se desvive por lo que otro posee y lo mortifica la codicia.
Hay algunos tan descarados que hasta se camuflan con un impostor ropaje cristiano, incluso amparándose en la Biblia para que todos puedan verlos y atestiguar su “buena fe”. Con Dios no se juega. Se podrá engañar a muchos incautos y tontos útiles, pero los hechos, los rieles de la conducta, son los atributos que definen al ser humano. Este tipo de sujetos validan aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”.
El envidioso siempre quiere protagonismo y en su afán de atraer atención incurre en indignidades y ridiculeces que sonrojan a quien tenga la cabeza bien puesta. Es un ser amargado que se aisla y tiene serios problemas para socializar. Por eso el escritor francés Francois de la Rochefoucauld (1613-1680) expresó que “nuestra envidia dura siempre más que la dicha de aquellos que envidiamos”.
Muchos personajes no se enteran de que son pintorescos, que no prestigiosos, pero sueñan con la grandeza y la persiguen a como dé lugar, aún sin percatarse de que no tienen ni la formación integral ni el talento para codearse con ciertos círculos ni agenciarse tales aspiraciones con reales posibilidades de acierto. Es asunto de de realismo, que no de idealismo trasnochado, aunque por obra y gracia de la politiquería, el clientelismo y la corrupción rampante que padecemos en nuestro país hay muchísima gente usurpando un lugar que no le corresponde.
Si su meta es pasarse la vida como un amargado por los logros ajenos, pues despierte porque el tiempo se le va y no se detendrá a esperar hasta que usted decida ir tras los propios.
Si usted malgasta sus energías en sufrir el éxito económico, político, profesional y sentimental de los demás, revísese porque nada bueno le aporta a su propio espíritu. Entérese de que su alma vive infectada y esa plaga la transmitirá tanto a muchos de sus familiares como a otros de los que a diario tienen la mala suerte de compartir con una persona que busca lauros difamando y desacreditando exclusivamente por envidia.
Bien lo dice la sabiduría popular: “la envidia no mata, pero mortifica”.
El envidioso, ¡pobre iluso!, cree que el mundo debería girar en torno suyo.Y es peor cuando descarga también una considerable friolera de perversidad bajo la repugnante premisa de “difama que algo queda”.
Lo más triste es que luego vemos a ese mismo individuo asumiendo poses de democrático, lo que desmiente con sus actuaciones y pretendiendo descalificar a todos los que no colindan con sus ideas.
Muy bien lo dijo el prócer cubano José Martí: “lo mejor de decir es hacer”, pero mucho mejor encaja como bofetada para las frustraciones de quien procede así el proverbio suizo que reza: “las palabras son enanas y los hechos son gigantes”.
El envidioso muy pocas veces admite que lo es, gusta de que le cuenten, o sea del chisme, porque disfruta llevar la vida de todos, y si usted no lo complace automáticamente adquiere la categoría de su enemigo. Sólo sabe sembrar discordia y se rodea de descerebrados que le celebran, por vergonzosas prebendas, sus pachotadas y devaneos de liderazgo. La dignidad se fue al eterno exilio para tales sujetos.
Ante la dificultad o imposibilidad de avanzar, de desarrollarse humana y socialmente, se toman la ruta más simple, aunque tan fangosa que los convierte en elementos tenebrosos para titularse como profesionales de la envidia.
El envidioso destruye, jamás construye. No por casualidad se le considera uno de los siete pecados capitales junto a pereza, lujuria, gula, avaricia, ira y soberbia.
Mire a su alrededor y los encontrará por montones. Recomiéndeles que busquen ayuda psicológica, pero, mientras eso sucede, aléjese, póngase a salvo para que no le transfieran a usted el virus que a ellos carcome la vida.
Sonría y sea todo lo feliz que pueda, sin dañar a otros, porque la vida sólo es una y si su felicidad arruina el día o la existencia de alguien que apuesta al fracaso suyo para luego él sentirse triunfador entonces, a falta de otro remedio más eficaz o salomónico, como el proverbio árabe que invita a castigar al que siente envidia haciéndole bien, cante un poco de la romántica composición del dominicano residente en México, don Mario de Jesús, cuyo primer verso dice: “que se mueran de envidia toditos”.